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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.79

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-Si al tipo lo agarran otra vez reflexionó, ella no me lo perdonará jamás.
La franqueza de tal pensamiento, abierto sólo en lo profundo de su mente, no estaba exenta de una autocrítica burlona. Ningún hombre comprometido en un trabajo que no le gusta puede conservar muchas ilusiones salvadoras respecto de sí mismo. El disgusto, la ausencia de encanto, se proyectan desde la ocupación hacia la personalidad. Sólo cuando nuestras ocupaciones específicas, por un hecho accidental y afortunado, parecen obedecer a la particular seriedad de nuestro tempe­ramento, podemos saborear la conveniencia de un completo autoenga­ño. El Subjefe de Policía no estaba contento con su trabajo presente. La tarea de policía que había emprendido en un lugar distante del globo tenía la particular característica de una especie distinta de guerra o, por lo menos, el riesgo y la excitación de un deporte que se practica al aire libre. Sus reales habilidades que, en especial, eran de orden adminis­trativo, estaban combinadas con una predisposición para la aventura.
Encadenado a un escritorio en medio de cuatro millones de personas, se consideraba a sí mismo víctima de un irónico destino; el mismo, sin duda, que lo había llevado a casarse con una mujer de excepcional sensibilidad en materia de clima colonial, además de otras limitaciones que revelaban la delicadeza de su espíritu y sus gustos. Aunque juzgó con sorna su temor, el funcionario no consiguió alejar de su mente ese pensamiento inadecuado. El instinto de conservación era muy fuerte en él. Por el contrario, se repetía mentalmente con énfasis irreverente y precisión absoluta:
-¡Maldita sea! Si este infernal Heat tiene su pista, el tipo morirá en la cárcel, asfixiado en su gordura, y ella nunca me perdonará.
Su figura negra, delgada, con la blanca línea del cuello por debajo de los destellos plateados del pelo, cortado al rape en la nuca, perma­necía inmóvil. El silencio se había prolongado tanto que el jefe Ins­pector Heat se animó a aclararse la garganta. Ese sonido produjo su efecto. El celoso e inteligente oficial fue llamado por su superior, cuya espalda, inamovible, estaba vuelta hacia él.
-¿Usted relaciona a Michaelis con este asunto?
El Jefe Inspector Heat era muy terminante, pero cauto.
-Bien, señor, tenemos bastante como para presumirlo. Un hombre como él no tiene por qué estar libre, de todos modos.
-Usted tendrá alguna evidencia concluyente. La observación llegó en un murmullo.
El jefe Inspector Heat levantó sus cejas hacia la espalda negra, delgada que, con obstinación, seguía vuelta a su inteligencia y celo.
-No habrá dificultades para conseguir suficientes evidencias con­tra él-dijo con virtuosa complacencia-. Puede creerme, señor agregó, ya sin necesidad, con el corazón henchido de contento, porque le re­sultaba excelente tener a ese hombre en las manos para derribarlo ante el público, aun cuando en este caso el público no estuviese dispuesto a rugir de indignación.


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