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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.78

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Ese plan terminaría con toda la mul­titud de parvenus que le producían disgusto y recelo, no porque hubie­sen llegado a alguna parte (cosa que ella negaba), sino porque mani­festaban una honda incomprensión del mundo, que constituía la causa primera de la dureza de sus percepciones y la aridez de sus sentimien­tos. Con la aniquilación del capital también se desvanecerían ellos; pero la ruina universal (si llegaba a ser universal, como le había sido revelado a Michaelis) dejaría intactas las evaluaciones sociales. La desaparición de la última moneda podría no afectar a la gente de alcur­nia. La vieja dama no lograba concebir cómo podría afectar su posición ese hecho, por ejemplo. Desarrolló estos descubrimientos para el Sub­jefe de Policía con la serena intrepidez de una mujer madura que ha escapado de la plaga de la indiferencia. El funcionario se había im­puesto la regla de recibir cualquier cosa de esa índole en un silencio que por prudencia y respeto trataba de no hacer ofensivo; además sen­tía afecto por la madura discípula de Michaelis, un sentimiento com­plejo que en parte se basaba en el prestigio y la personalidad de esa mujer, pero, más que nada, en un instinto de gratitud lisonjera. Se sen­tía de veras a gusto en casa de ella, que era la bondad personificada. Y también era práctica y sensata, a la manera de una mujer de experien­cia. Había hecho mucho más fácil su vida matrimonial de lo que hu­biera sido sin su generosa y completa aceptación de sus derechos como marido de Annie. La influencia de esa mujer sobre su esposa, una per­sona devorada por todo tipo de pequeñas envidias, pequeños egoísmos, pequeños celos, fue excelente. Por desgracia, tanto su bondad como su sensatez eran de naturaleza irracional, claramente femenina, difícil de abordar. Durante toda su vida había sido una perfecta mujer, y no lo que algunas llegan a ser: algo así como un escurridizo y pestilente hombre viejo con faldas. Y el Subjefe pensaba en ella como en una mujer: la encarnación selectísima de lo femenino, en donde se encuen­tra una tierna, ingenua, vehemente escolta para toda clase de hombres que hablan bajo la influencia de una emoción verdadera o fraudulenta; para predicadores, videntes, profetas o reformistas.
Porque estimaba de ese modo a la distinguida y buena amiga de su mujer, y también a sí mismo, el Subjefe de Policía se alarmó por el posible destino del convicto Michaelis. Una vez arrestado bajo sospe­cha de haber tomado parte, de alguna manera, por remota que fuera, en este atentado, ese hombre muy difícilmente podría escapar de ser en­viado otra vez a prisión a terminar su sentencia. Y eso podría matarlo; nunca saldría vivo. El Subjefe de Policía tuvo un pensamiento en ex­tremo inadecuado a su posición oficial, y que en rigor tampoco era honroso para su categoría humana.


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