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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.77

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¡Bella compensa­ción! Si los revolucionarios son así, alguno de nosotros bien podría ir a ponerse de rodillas ante ellos continuó con un tono apenas burlón, mientras las frívolas sonrisas de sociedad se estereotipaban en las caras mundanas, vueltas hacia ella con deferencia convencional. Ese pobre hombre ya no está en condiciones de cuidar de sí, es evidente. Alguien tendrá que preocuparse un poco por él.
-Habría que recomendarle que siguiera un tratamiento especial- se dejó oír la voz del hombre de aspecto sano, en una seria advertencia, desde lejos. Ese individuo estaba en las mejores condiciones posibles para su edad e incluso la textura de su larga levita tenía una especie de vigor elástico, como si se tratara de un tejido viviente-. El hombre es virtualmente un inválido- agregó con inequívoca compasión.
Otras voces, como si se alegraran de las palabras introductorias, murmuraron su presurosa compunción. «¡Qué horrible! » «Monstruo­so.» «Espectáculo lamentable. » El hombre delgado, con los quevedos colgando de una cinta ancha, pronunció con afectación la palabra «grotesco», cuya exactitud fue apreciada por los que estaban cerca de él. Y se sonrieron unos a otros.
El Subjefe de Policía no pronunció opinión alguna ni en ese mo­mento ni luego, porque su posición le hacía imposible ventilar cual­quier punto de vista independiente respecto de un convicto en libertad. Pero, en rigor, compartía el criterio de la amiga y protectora de su mujer de que Michaelis era un humanitarista sentimental, un poco loco, pero sobre todo incapaz de matar una mosca intencionalmente. Así, cuando ese nombre se le apareció de pronto en el doloroso asunto de la bomba, comprendió el riesgo que ello entrañaba para el apóstol de la libertad condicional y su espíritu recordó de inmediato el bien sentado apasionamiento de la vieja clama. Su arbitraria benevolencia no hu­biera tolerado ninguna intromisión en cuanto a la libertad de Michaelis. Era un apasionamiento profundo, calmo, convencido. No sólo tenía que sentir que ese hombre era inofensivo, sino que tenía que procla­marlo como tal, lo que, a la postre, por una confusión de su mentalidad absolutista, se convertía en una especie de demostración inapelable. Era como si la monstruosidad de ese hombre, con sus cándidos ojos infantiles y su crasa sonrisa angelical, la hubiera fascinado. Casi había llegado a creer en la teoría que él sustentaba acerca del futuro, ya que no le resultaba repugnante a sus prejuicios. Le desagradaba el nuevo elemento plutocrático en el conjunto social y el industrialismo como método de desarrollo humano le resultaba repulsivo por su carácter mecánico e insensible. Las esperanzas humanitarias del apacible Mi­chaelis no tendían a una destrucción completa, sino a una total ruina económica del sistema, tan sólo. Y, en realidad, ella no comprendía cuál era el daño moral del asunto.


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