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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.76

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Por último Michaelis se levantó y tomando la mano extendida de la gran dama la estrechó, la retuvo por un momento en su grande e inflada palma con imperturba­ble amistosidad y volvió hacia el rincón semiprivado del salón de reci­bo su espalda, enorme y cuadrada, como dilatada por debajo del corto saco de tweed. Tras echar una mirada serena y benevolente a su alre­dedor, contoneándose se encaminó hacia la lejana puerta, entre los grupos formados por los demás visitantes. El murmullo de las conver­saciones había disminuido a su paso. Él sonrió con inocencia a una alta, brillante joven, cuyos ojos encontró por accidente y salió, incons­ciente de las miradas que lo seguían a través del salón. La primera aparición de Michaelis en público fue un éxito; un éxito de opinión, no empañado ni por un solo murmullo de burla. Las conversaciones inte­rrumpidas fueron retomadas en su tono anterior, grave o frívolo. Sólo un hombre de cuarenta años, de buena posición, delgado, de aspecto sano, que hablaba con dos mujeres cerca de una ventana, subrayó en voz alta, con inesperada profundidad de sentimiento:
-Ciento veinte kilos, diría yo, y no más de cinco pies de altura. ¡Pobre tipo! Es terrible... terrible.
La dueña de casa, con la mirada ausente puesta en el Subjefe de Policía, que había quedado solo con ellas detrás de la intimidad del biombo, parecía estar reacomodando sus impresiones mentales, por detrás de la inmovilidad pensativa de una cara vieja y fina. Se aproxi­maron y rodearon el biombo unos hombres de bigotes grises y aspecto pleno, saludable, vagamente plácido; dos mujeres maduras, con un aire matronal, gracioso y resuelto; un individuo sin barba, de mejillas hun­didas y quevedos de oro que colgaban de una ancha cinta negra, lo que le otorgaba un aspecto anticuado y distinguido. Un silencio deferente, pero lleno de reservas, reinó por un momento y luego la gran dama exclamó, no con resentimiento, sino con una especie de indignación de protesta:
-¡Y oficialmente se supone que éste es un revolucionario! Qué tontería. Miró con dureza al Subjefe de Policía, que murmuró, a la defensiva:
-No uno de los más peligrosos, tal vez.
-Nada peligroso, creo que no lo es en absoluto. Es un simple teó­rico. Tiene el temperamento de un santo- declaró la gran dama con tono firme-. Y lo han tenido encerrado durante veinte años. Uno se estremece ante semejante idiotez. Y ahora lo sueltan, cuando todos sus allegados se han ido o se han muerto. Sus padres murieron; la mucha­cha con la que estaba por casarse murió mientras él estaba en la cárcel; él mismo perdió la destreza necesaria para su profesión. Me dijo todo esto con la más dulce de las paciencias; pero en cambio, me confesó, ha tenido todo el tiempo para pensar por sí mismo.


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