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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.75

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Él los dejó hacer, en la inocencia de su corazón y la simplicidad de su mente. Nada que le pasara a él como individuo tenía ninguna importancia. Era como esos santos hombres cuya personalidad se pierde en la contemplación de su fe. Sus ideas no entraban en la categoría de las convicciones; eran inaccesibles al razonamiento, y habían formado con todas sus propias contradicciones y oscuridades un credo invencible y humanita­rio, que Michaelis profesaba, más que predicaba, con una obstinada gentileza, una sonrisa de pacífica seguridad en los labios, y con sus cándidos ojos azules bajos, porque la visión de otras caras hacía trasta­billar su inspiración desarrollada en soledad. En esa actitud caracterís­tica, patético en su grotesca e incurable obesidad, que debía arrastrar como el grillo de un galeote hasta el fin de sus días, ocupando un pri­vilegiado sillón detrás del biombo encontró el Subjefe de Policía al apóstol de la libertad condicional. Michaelis estaba sentado allí, cerca del sofá de la dueña de casa, hablando con voz apacible, tranquilo, con no mucha más conciencia de sí que una criatura y con algo del encanto de una criatura, el atrayente encanto de la confianza en plenitud. Con­fiado en el futuro, cuyas secretas vías le habían sido reveladas dentro de las cuatro paredes de una muy conocida cárcel, no tenía motivos para mirar a nadie con sospechas. Si no podía entregar a la importante y curiosa dama una idea bien definida de hacia dónde se estaba enca­minando el mundo, se las había arreglado sin esfuerzo para impresio­narla con su fe sin amarguras y lo genuino de su optimismo.
Cierta simpleza de pensamiento es común a las almas serenas de ambos extremos de la escala social. A su manera, la gran dama era simple. Los puntos de vista y creencias de Michaelis nada contenían que pudiera chocarle o espantarla, ya que ella los juzgaba desde el pedestal de su encumbrada posición. Y por cierto que podía alcanzar las simpatías de un hombre como Michaelis. La dama no era una capi­talista explotadora; era, por así decir, una persona por encima del juego de las condiciones económicas. Y tenía gran capacidad para apiadarse de las formas más evidentes de las miserias humanas comunes, preci­samente porque era tan extraña a ellas que tenía que traducir su con­cepción en términos de sufrimiento mental, antes de lograr aprehender la noción de la crueldad de esas miserias. El Subjefe de Policía recor­daba muy bien la conversación entre ambos. La había escuchado en silencio. Había algo tal vez excitante en cierto sentido, e incluso con­movedor, en la predestinada futileza de esas palabras, como los esfuer­zos de comunicación moral entre los habitantes de planetas remotos. Pero esta grotesca encarnación de apasionamiento humanitario excita­ba, de algún modo, la imaginación de cualquiera.


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