El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.74
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Su salón de recibo era, tal vez, el único lugar en el ancho mundo en que un Subjefe de Policía se podía encontrar con un convicto liberado después de su período de prisión u con cualquier otro profesional o funcionario público. El Subjefe de Policía no recordaba muy bien quién había llevado allá a Michaelis una tarde. Pudo haber sido cierto miembro del Parlamento de ilustres ancestros y simpatías no convencionales. Los notables, e incluso los menos notorios del día, se convidaban unos a otros, con toda libertad, para visitar ese templo de la no innoble curiosidad de una vieja mujer. Nunca se podía adivinar quién podía llegar a ser recibido en semiprivacía, detrás del biombo marchito de seda azul y dorada, que esbozaba un cómodo escondrijo para un sofá y unas pocas sillas en la gran sala, con su zumbido de voces y grupos de personas sentadas o de pie bajo la luz de seis altas ventanas.
Michaelis había sido el objeto de un repentino cambio en el sentimiento popular, el mismo sentimiento que años atrás había aplaudido la ferocidad de la sentencia de cadena perpetua que se le aplicara por complicidad en un atentado demencial, con el que intentaba rescatar a algunos presos de un coche de la policía. El plan de los conspiradores había sido matar a los caballos y reducir a los escoltas. Por desgracia, también fue muerto uno de los policías. Dejó una esposa y tres hijos pequeños, y la muerte de ese hombre provocó a lo largo y a lo ancho de un país por cuya defensa, bienestar y gloria mueren hombres todos los días como parte de su deber, un estallido de rabiosa indignación, de furiosa e implacable piedad por la víctima. Tres cabecillas fueron ahorcados. Michaelis, joven y delgado, cerrajero de profesión, gran frecuentador de escuelas nocturnas, ni siquiera sabía que alguien hubiera resultado muerto, y su participación en el asunto, junto con unos pocos más, debía limitarse a abrir la puerta trasera del vehículo policial. Al ser arrestado tenía una cantidad de llaves maestras en un bolsillo, un pesado formón en otro, una corta barra de hierro en la mano: los objetos que llevaría un ladrón. Pero ningún ladrón hubiera recibido tan pesada sentencia. La muerte del agente de policía lo hizo sentirse sinceramente miserable, pero también lo hizo sentirse así el fracaso del golpe. Y Michaelis no pudo ocultar ninguno de estos sentimientos a sus conciudadanos integrantes del jurado; esa especie de compunción resultó demasiado imperfecta para la corte, ya preparada para su fallo. Al pronunciar la sentencia, el juez hizo un comentario incisivo sobre la depravación e insensibilidad del joven prisionero.
Esos hechos hicieron la fama infundada de su condena; su liberación le trajo, con no mejores fundamentos, una fama hecha por gente que quería aprovecharse del aspecto sentimental de su época de cárcel, con fines propios, o quizá con fines no muy claros.
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