El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.73
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VI
La dama protectora de Michaelis, el apóstol de la libertad condicional, el de las esperanzas humanitarias, era una de las más influyentes y distinguidas conexiones de la mujer del Subjefe de Policía, a quien llamaba Annie y todavía trataba como si fuera una jovencita insensata carente de experiencia. Annie se había avenido a aceptar al marido en un plano amistoso, lo cual no era lo más habitual entre las conexiones influyentes de la mujer del Subjefe. Aquella mujer se había casado joven, espléndidamente, en algún remoto momento del pasado; durante algún tiempo tuvo contacto estrecho con asuntos importantes y también con hombres importantes. Ella misma era una dama importante. Vieja ahora por sus años, tenía ese tipo de temperamento excepcional que desafía al tiempo haciendo desdeñosa omisión de él, como si se tratara de una vulgar convención a la que se somete la capa inferior de la humanidad. Muchas otras convenciones fáciles de dejar a un lado no lograron obtener su reconocimiento, incluso las que tocaban aspectos temperamentales... quizá porque la aburrían o tal vez porque se cruzaron en el camino de sus desprecios y simpatías. La admiración era un sentimiento desconocido para ella (ése era uno de los cargos secretos de su muy noble marido contra ella), primero porque siempre estaba más o menos teñida de mediocridad, y luego porque en cierto sentido la obligaba a admitirse inferior a la cualidad admirada. No tener pelos en la lengua en sus opiniones se le hizo fácil, ya que ella juzgaba tan sólo desde el punto de vista de su posición social. Del mismo modo no conocía trabas en sus acciones; y como su tacto provenía de genuina humanidad, su vigor físico se mantenía y su superioridad era serena y cordial; tres generaciones la habían admirado al infinito y la última que ella llegó a ver la consideró una mujer maravillosa. Entretanto, inteligente, con una especie de simplicidad altiva y curiosa de corazón, pero no como muchas mujeres por mera chismografía social, se entretuvo atrayendo al campo de su influencia, apoyada en el poder de su grande y casi histórico prestigio social, cualquier cosa que superara el nivel normal de la humanidad, dentro o fuera de la ley, por posición, talento, audacia, fortuna u infortunio. Príncipes, artistas, hombres de ciencia, jóvenes políticos y charlatanes de todas las edades y condiciones que, insustanciales y brillantes, boyando como corchos, mostraban mejor la dirección de las corrientes de superficie, eran bienvenidos, escuchados, penetrados, comprendidos, evaluados, para propia gratificación de la dueña de casa. Según sus propias palabras, tenía interés por saber hacia dónde se estaba encaminando el mundo. Y en la medida en que esa mujer estaba dotada de una mentalidad práctica, su juicio acerca de hombres y cosas, aunque basado en prejuicios especiales, rara vez era totalmente equivocado y casi nunca descabellado.
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