El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.72
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No miró hacia atrás ni siquiera cuando oyó susurrar la palabra «providencial» en boca del principal subordinado de su departamento, cuyo nombre, impreso a veces en los diarios, era familiar al gran público, que lo consideraba uno de sus protectores celosos y llenos de empeño. El Jefe Inspector Heat levantó un poco su voz.
-Vi muy bien los pedazos y virutas de una lata brillante- dijo-. Es una comprobación bastante útil.
-Y esos hombres vinieron de esa pequeña estación de campo- rumió el Subjefe en voz alta, con asombro. De los tres boletos recibidos tras la partida de ese tren de la mañana en Maze Hill, dos- le habían dicho- provenían de aquella estación. La tercera persona que bajó del tren era un buhonero de Gravesend, muy conocido por los guardas. El jefe Inspector proporcionaba esa información con un tono terminante y algo de malsana picardía, tal como lo hacen los servidores fieles, en la conciencia de su fidelidad y con el sentido del valor de sus leales prestaciones. Tampoco ahora el Subjefe se apartó de la oscuridad exterior, vasta como un mar.
-Dos anarquistas extraños, que llegan de ese lugar- dijo, en apariencia para el vidrio de la ventana-. Es bastante inexplicable.
-Sí, señor. Pero sería aún más inexplicable si un tal Michaelis no estuviera parando en una quinta de los alrededores.
Al sonido de ese nombre, que cayó inesperado en medio del fastidioso asunto, el Subjefe disipó con brusquedad el vago recuerdo de su diaria partida de whist en el club. Era el hábito más gratificante de su vida, un despliegue exitoso de su propia habilidad, sin ayuda de ningún subordinado. Iba a su club a jugar, de cinco a siete, antes de cenar en su casa, olvidando en esas dos horas todo lo que de desagradable había en su vida, como si el juego fuera una droga curativa de los males de su descontento moral. Sus compañeros eran el editor de una conocida revista, celebrado por su humor negro; un silencioso abogado maduro, de ojitos maliciosos y un muy marciaI coronel viejo, simplón y de manos oscuras y nervudas. Los trataba sólo en el club y nunca se veía con ellos fuera de la mesa de juego. Pero todos se dedicaban a jugar como copartícipes del mismo sufrimiento, como si estuviera allí el antídoto contra los secretos males de sus existencias. Y cada día, ni bien el sol declinaba por detrás de los innumerables techos de la ciudad, una impaciencia blanda, placentera, similar al impulso de una amistad segura y profunda, iluminaba su trabajo de Subjefe. Pero ahora esa grata sensación se le escapaba en una sacudida física y era reemplazada por un tipo especial de interés en su trabajo de protección social: un interés indecoroso, cuya cualidad se podría definir con exactitud como una repentina y vigilante desconfianza en las armas que tenía en la mano.
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