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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.71

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Los vidrios chorreaban con la lluvia y la porción de calle que lograba ver abajo se abandonaba, mojada y vacía, como si de pronto la hubiera barrido un diluvio. Era un día bien difícil, primero envuelto en niebla fría y ahora ahogado en lluvia helada. Las vacilantes, indefini­das llamas de los faroles de gas parecían disolverse en la atmósfera acuosa. Y las altivas pretensiones de una humanidad oprimida por las miserables indignidades del clima, se veían como una colosal y deses­peranzada vanidad acreedora de desdén, asombro y compasión.
-¡Horrible, horrible!- pensó para sí el Subjefe, con la cara contra el vidrio de la ventana-. Tenemos este tiempo desde hace diez días; no, una quincena, una quincena-. Dejó de pensar por un momento. Esa terminante inactividad de su cerebro se prolongó por tres segundos. Luego dijo en forma rutinaria-: ¿Inició indagaciones para seguir la pista de ese otro hombre?
Tenía la certeza de que todo lo necesario se había hecho. El Jefe Inspector Heat conocía el oficio de cazar hombres. Y eran las medidas de rutina, también, las que hubiera tomado en el asunto el más primario de los aprendices. Unas pocas preguntas entre los encargados de bole­tería y los guardas de las dos pequeñas estaciones habían brindado detalles adicionales de la apariencia de los dos hombres; al revisar los boletos se vería de inmediato de dónde venían esa mañana. Era ele­mental y no se lo podía dejar de lado. Por supuesto, el jefe Inspector contestó que todo eso se había hecho ni bien la vieja había formulado su declaración. Y mencionó el nombre de la estación.
-De allí venían, señor- prosiguió-. El guarda que recibió los bo­letos en Maze Hill recuerda que dos tipos que responden a la descrip­ción pasaron la barrera. Le parecieron dos respetables trabajadores de oficio, pintores de letreros o decoradores. El hombre corpulento se dirigió a un compartimiento de tercera clase, con una reluciente lata en la mano; en la plataforma se la dio a su compañero rubio, que lo se­guía. Todo esto concuerda exactamente con lo que la vieja le dijo al sargento en Greenwich.
El Subjefe, con la cara todavía contra el vidrio, expresó sus dudas acerca de que estos dos hombres hubiesen tenido algo que ver con el atentado. Toda esta teoría se basaba en las expresiones de una fregona vieja que casi había sido tirada al suelo por un hombre apurado. No era una fuente muy indiscutible, por cierto, a menos que se tratara de una súbita inspiración, lo que era poco sostenible.
-Ahora, francamente ¿estaría de veras inspirada esa mujer?- dudó, con ironía, manteniéndose de espaldas a la habitación, como si estuvie­ra en trance ante la contemplación de las formas colosales de la ciudad, semiperdidas en la noche.


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