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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.70

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El jefe Inspector respondió que era más que probable. En su opi­nión, los dos hombres se habían separado uno del otro a más o menos diez metros de los muros del Observatorio. Explicó también como el otro hombre pudo haber salido con rapidez del parque, sin ser observa­do. La niebla, aunque no muy densa, estuvo a su favor. Parecía haber acompañado al otro hasta el lugar del hecho y luego lo habría dejado allí para que hiciera el trabajo por sí mismo. Si se tomaba el tiempo desde que ambos fueron vistos saliendo de la estación Maze Hill por la vieja, hasta que se oyó la explosión, era creíble la idea de que el otro hombre pudo llegar a la estación de Greenwich Park y allí tomar el siguiente tren de regreso, mientras su compañero se destruía a sí mis-mo por completo.
-Por completo, ¿eh?- murmuró el Subjefe a través de las sombras de su mano.
El Jefe Inspector, en pocas palabras vigorosas, describió la apa­riencia de los restos.
-Los médicos forenses tendrán un placer agregó, torvo.
El Subjefe descubrió sus ojos.
-No les diremos nada- observó con languidez.
Levantó la vista y por un instante observó la marcada actitud de no sometimiento de su Jefe Inspector. No tenía una naturaleza ilusio­nable. Sabía que un departamento está a merced de los oficiales subor­dinados, quienes tienen sus propias concepciones de la lealtad. Había iniciado su carrera en una colonia tropical y le había gustado su trabajo allá. Era trabajo de policía. Tuvo mucho éxito en su misión de destruir ciertas nefastas sociedades secretas nativas. Por entonces obtuvo una larga licencia y se casó, algo impulsivamente. Fue una buena pelea, desde el punto de vista Mundanal, pero su mujer se hizo una opinión desfavorable acerca del clima de la colonia, nada más que con la evi­dencia de los rumores. Además, ella tenía contactos influyentes. Fue una excelente pelea. Pero a él no le gustaba su nuevo trabajo. Se sentía dependiente de demasiados subordinados y demasiados jefes. La pre­sencia cercana de ese extraño fenómeno emocional llamado opinión pública abrumaba su espíritu y lo alarmaba por su naturaleza irracional. Sin duda que por ignorancia se exageraba a sí mismo el poder que la opinión pública tenía para el bien y el mal; especialmente para el mal. Y el áspero viento del este de la primavera inglesa que disfrutaba junto con su mujer aumentaba su general descreimiento acerca de las moti­vaciones de los hombres y acerca de la eficiencia de las organizaciones humanas. La futileza del trabajo de oficina lo aterraba en esos días tan exasperantes para su hígado sensitivo.
Se levantó, estirándose hasta su estatura normal y con paso pesa­do, que sorprendía en un hombre tan flaco, cruzó la habitación hasta la ventana.


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