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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.69

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Era una locura, pero esa locura excitaba la conciencia pública, afectaba a personas de altas esferas y alteraba las relaciones internacionales. Un duro, inhumano desprecio endureció la cara del Jefe Inspector mientras caminaba. Su mente se remontó hasta los anar­quistas de su jurisdicción. Ninguno de ellos tenía ni la mitad del coraje de cualquiera de los criminales que él había conocido. Ni la mitad... ni siquiera una décima parte.
Una vez en el cuartel general, el jefe Inspector fue recibido de inmediato en la oficina privada del Subjefe de Policía. Lo encontró, lapicera en mano, inclinado sobre un gran escritorio lleno de papeles, como si estuviera en adoración ante un enorme tintero de bronce y cristal. Los cables de los dictáfonos, sinuosos como serpientes, pasaban hacia atrás por encima del respaldo del sillín del Subjefe y sus bocas abiertas en un bostezo parecían prontas a morderle los codos. Sin abandonar su posición, el funcionario levantó los ojos, cuyos párpados eran más oscuros que su cara y mucho más arrugados. Los informes habían llegado: cada anarquista había explicado con exactitud sus movimientos.
Después de decir esto, bajó sus ojos, firmó con rapidez dos hojas de papel y recién entonces abandonó su lapicera y se sentó bien atrás en el sillón, dirigiendo una mirada inquisitiva a su famoso subordina­do. El jefe Inspector la sostuvo con firmeza, deferente, pero inescruta­ble.
-Usted estaba en lo cierto dijo el Subjefe al decirme de inmediato que los anarquistas de Londres no tenían nada que ver con esto. Apre­cio mucho la excelente vigilancia que han mantenido sobre ellos sus hombres. Por otra parte, esto, para el público, no es otra cosa que una confesión de ignorancia.
La forma de hablar del Subjefe era pausada, como si fuera nece­sario ser cauteloso. Su pensamiento parecía sopesar cada palabra antes de pronunciar la otra, como si las palabras fueran un paso de piedras sobre las que su mente debía apoyarse para atravesar las aguas del error.
-A menos que usted haya traído algo útil de Greenwich-añadió.
El jefe Inspector comenzó de inmediato la relación de su pesquisa en un estilo claro, conciso. Su superior hizo girar apenas la silla, y cruzando sus piernas flacas, se apoyó en un codo, con una mano tapán­dole los ojos. Su actitud de escucha tenía una cierta gracia angular y pesarosa. Destellos de plata pulida jugaron en los costados de su cabe­za negro ébano, cuando la inclinó lentamente al final del relato.
El Jefe Inspector Heat calló, con la apariencia de quien reconside­ra todo lo que ha dicho, pero en rigor pensaba en la conveniencia de decir o no algo más. El Subjefe cortó sus dudas.
-¿Cree que había dos hombres?- preguntó sin descubrirse los ojos.


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