El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.68
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Y con todo, usted no anda bien. Siempre se hace líos. Si los ladrones no saben su oficio a la perfección, siempre andan hambreados.
La idea de una invencible multitud respaldando a ese hombre provocó una sombría indignación en el pecho del Profesor. Desapareció su enigmática y burlona sonrisa. El poder de oposición del número, la inatacable estupidez de una gran multitud, era el temor que obsesionaba su siniestra soledad. Sus labios temblaren por un momento antes de que lograra decir con voz estrangulada:
-Estoy haciendo un trabajo mejor que usted el suyo.
-Cállese- interrumpió el jefe Inspector Heat con rapidez; y esta vez el Profesor se rió abiertamente. Mientras reía se movió, pero no rió mucho tiempo. Fue un hombrecito de expresión sádica, miserable el que emergió del estrecho pasaje al bullicio de las calles. Caminó con el paso imperturbable de quien sigue su paseo, siempre hacia adelante, indiferente a la lluvia o el sol, en un siniestro desapego frente a los cambios del cielo y la tierra. El Jefe Inspector Heat, por su parte, después de observarlo por un momento, apretó el paso con la determinada vivacidad de un hombre que no se molesta por las inclemencias del tiempo, pero consciente de tener una misión autorizada sobre la tierra y el apoyo moral de su grupo. Todos los habitantes de esa inmensa ciudad, la población del país entero e incluso los muchos millones que luchan en el planeta, estaban con él: hasta los ladrones y los mendigos. Sí, hasta los ladrones estaban sin duda con él y su trabajo presente. La conciencia del apoyo universal en su actividad cotidiana lo alentaba a enfrentarse con este problema particular.
El problema inmediato del jefe Inspector era entendérselas con el Subjefe de su departamento, su superior inmediato. Éste es el problema perenne de los servidores confiables y leales; el anarquismo le da un aspecto particular, pero nada más. En realidad, el jefe Inspector Heat pensaba poco en el anarquismo. No le atribuía una importancia muy grande y nunca había podido considerarlo con seriedad. Le encontraba las características de una conducta desordenada, más bien; desordenada sin la excusa humana de la embriaguez, que, después de todo, implica buenos sentimientos y amigable propensión hacia lo festivo. Como criminales, los anarquistas no tenían clase, no pertenecían a ninguna clase. Y acordándose del Profesor, el jefe Inspector Heat, sin detener su paso acompasado, murmuró entre dientes:
-Enfermo.
Capturar ladrones era algo totalmente distinto. Tenía esa cualidad de cosa seria que pertenece a toda forma de deporte abierto; donde el mejor vence según reglas desde todo punto de vista comprensibles. No había reglas para tratar con anarquistas. Y eso era desagradable para el Jefe Inspector.
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