El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.67
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Tan apegado a la vida estaba que una nueva ola de náuseas le hizo brotar una ligera transpiración en las sienes. El murmullo de la vida de la ciudad, el sonido apagado de las ruedas en las dos calles invisibles a izquierda y derecha, llegaban a través de la curva del sórdido callejón hasta sus oídos con una preciosa familiaridad y dulzura apelativa. Él era humano. Pero el jefe Inspector Heat era también un hombre, y no pudo dejar pasar esas palabras.
-Todo eso está bien para asustar a los niños- dijo-. Todavía lo pescaré.
Lo dijo bien, sin desprecio, casi con austero sosiego.
-Lo dudo- fue la respuesta-; pero no hay mejor momento que el presente, créame. Para un hombre de reales convicciones ésta es una hermosa oportunidad de autosacrificio. No va a encontrar otra tan favorable, tan humana. Aquí cerca no hay ni un gato y estas condenadas casas viejas se convertirían en un buen montón de ladrillos ahí donde usted está parado. Nunca me tendrá a tan bajo costo de vidas y propiedad, para cuya protección le pagan.
-Usted no sabe a quién le está hablando- dijo, firme, el Jefe Inspector Heat-. Si ahora le pusiera mis manos encima, no sería nada mejor que usted mismo.
-¡Ah! ¡El juego!
-Puede estar seguro de que nuestro lado será ganador al fin. Todavía falta hacer que la gente crea que algunos de ustedes tendrían que ser liquidados donde se los encuentre, como si fueran perros rabiosos. Entonces se tratará de un juego. Pero maldito si sé cuál es el de ustedes. Y no creo que ustedes mismos lo sepan. Nunca obtendrán nada de ese modo.
-Entretanto son ustedes los que sacan algo del asunto... hasta ahora. Y lo sacan fácil, también. No quiero hablar de su salario, pero ¿no ha hecho su nombre simplemente por no entender qué buscamos nosotros?
-¿Qué es lo que buscan, pues?- preguntó el Jefe Inspector Heat, con desdeñosa rapidez, como un hombre apurado que advierte que está perdiendo su tiempo.
El perfecto anarquista contestó con una mueca, una sonrisa, que no llegó a abrir sus labios delgados y descoloridos; el famoso, Jefe Inspector se sintió tan superior que levantó un dedo admonitorio.
Renuncie a... lo que sea dijo con tono de advertencia, pero no con tanta cordialidad como la que hubiera usado para dar un buen consejo a un ladrón de renombre. Renuncie. Somos demasiados para ustedes.
La sonrisa fija en los labios del Profesor vaciló, como si su espíritu de burla hubiera perdido seguridad. El Jefe Inspector Heat continuó:
-¿No me cree, eh? Bien, sólo tiene que observarse, estamos nosotros dos.
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