El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.66
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Su vigor físico, su comportamiento frío, inflexible, su coraje y equidad le habían asegurado mucho respeto y algo de adulación en los tiempos de sus primeros éxitos. Se había sentido reverenciado y admirado. Y el Jefe Inspector Heat, parado a seis pasos del anarquista conocido como el Profesor, pensó con pena en el mundo de los ladrones, cuerdo, sin ideales malsanos, trabajando por rutina, respetuoso de las autoridades constituidas, libre de todo matiz de odio y desesperanza.
Luego de pagar ese tributo a lo que es normal dentro de la estructura de la sociedad ya que la idea del robo resultaba a su instinto tan normal como la idea de propiedad, Heat se sintió irritado consigo mismo por haberse detenido, por haber hablado, por haber elegido ése de entre todos los caminos, y sólo porque era un atajo entre la estación y el cuartel general. Y habló otra vez, con su voz alta y autoritaria que, aun siendo moderada, tenía un tono amenazador:
-Usted no es buscado, le digo- repitió.
El anarquista no se movió. Una risa interna de burla le descubrió no sólo los dientes, sino también las encías y lo sacudió entero, sin que se oyera el mínimo sonido.
Aun a su pesar el jefe Inspector Heat se vio llevado a decir:
-No todavía. Cuando lo busque sabré dónde encontrarlo.
Eran palabras muy adecuadas dentro de la tradición y el estilo de un oficial de policía dirigiéndose a uno de los integrantes de su grey. Pero la acogida que tuvieron estaba muy lejos de la tradición y pertinencia. Era ultrajante. La figura raquítica, endeble, que estaba frente a él, habló por fin.
-Estoy seguro de que en ese momento los diarios le ofrecerán una noticia necrológica. Usted sabe muy bien qué es lo peor para usted. Creo que puede imaginarse con facilidad el tipo de basura que se imprimiría en ese caso. Pero usted se podría exponer a la desazón de ser enterrado junto conmigo, aunque supongo que sus amigos harán todo lo posible para diferenciarnos lo más posible.
Con todo su saludable desprecio por el espíritu que animaba tales palabras, su atroz alusión tuvo efecto sobre el jefe Inspector Heat. También tenía mucho conocimiento e información exacta como para desecharlas en su totalidad. La penumbra de ese estrecho callejón adquirió un tinte siniestro con la frágil, pequeña figura, su espalda contra la pared, hablando con una voz débil, confiada. Para la enérgica, tenaz vitalidad del jefe Inspector, la miseria física de ese ser, tan obviamente inepto para vivir, era ominosa; y así, él pensaba que si hubiese tenido la desgracia de ser un objeto tan miserable no se hubiera preocupado por morir pronto.
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