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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.65

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En esta disposición mental, con el físico bien vacío, pero aún lle­no de náuseas por lo que había visto, se encontró con el Profesor. En estas condiciones, generadoras de irascibilidad en un hombre entero y normal, su encuentro era harto desagradable para el jefe Inspector Heat. No había estado pensando en el Profesor, ni se había acordado de ningún anarquista en particular. La estructura de ese rasgo de algún modo había hecho nacer en él la idea general del absurdo de las cosas humanas, que en abstracto es bastante engorroso para un temperamento no filosófico, y en circunstancias concretas se vuelve exasperante. En los comienzos de su carrera el jefe Inspector Heat se había enfrentado con las más vigorosas formas del robo. Había obtenido sus galones en esa esfera y por ello guardó hacia ese ámbito, luego de su promoción a otro departamento, una actitud no alejada del afecto. El robo no era un absurdo total. Era una forma de laboriosidad humana, perversa por cierto, pero con todo una industriosidad ejercida en un mundo indus­trioso; un trabajo que se asumía por la misma razón que el trabajo de los talleres de alfarería, de las minas de carbón, del campo, de un ne­gocio de esmerilado. Era un trabajo cuya diferencia práctica en rela­ción con otras formas de trabajo consistía en la naturaleza de su riesgo, que no era ni anquilosis, ni saturnismo, ni el grisú, ni el polvo de arena, sino que se podía definir con brevedad en su especial fraseología pro-pia como «siete años duros». El jefe Inspector Heat, por supuesto, no era insensible al peso de las diferencias morales. Pero los ladrones que él había tratado ya no estaban en ninguna parte. Ellos se sometían a las severas sanciones de una moralidad familiar al Jefe Inspector Heat con cierta resignación. Heat creía que las ladrones eran conciudadanos que habían errado el camino a causa de una educación imperfecta; pero dejando de lado esa diferencia podía entender la conducta de un ladrón ya que de hecho la mente de un ladrón y sus instintos son de la misma índole que la mente y los instintos de un oficial, de policía. Ambos reconocen las mismas convenciones y tienen un conocimiento operati­vo de los métodos del otro y de la rutina de sus respectivas ocupacio­nes. Se entienden mutuamente, lo cual es ventajoso para ambos y esta­blece una suerte de amenidad en sus relaciones. Productos de la misma máquina, uno clasificado como útil y el otro como nocivo, conciben a esa máquina de distintas formas, pero con una seriedad que, en esencia, es la misma. La mentalidad del Jefe Inspector Heat era inaccesible a cualquier idea de revolución. Pero sus ladrones no eran rebeldes.


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