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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.64

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-Cuello de terciopelo. Es gracioso que la vieja haya reparado en el cuello de terciopelo. Un sobretodo azul oscuro con un cuello de tercio­pelo, nos dijo. Éste era el muchacho que ella vio y no hay equivoca­ción. Y aquí está entero, con el cuello de terciopelo y todo. Creo que no dejé ni siquiera un pedacito grande como una estampilla.
En ese momento las entrenadas facultades del Jefe Inspector deja-ron de oír la voz del policía. Se acercó a una ventana para tener mejor luz. De espaldas a la habitación, su cara denotaba un sobrecogido, intenso interés mientras examinaba de cerca el trozo triangular de pa­ño. Con un brusco tirón lo desprendió y sólo después de haberlo meti­do en su bolsillo se dio vuelta y depositó el cuello de terciopelo sobre la mesa.
-Tápenlo- ordenó a los asistentes, perentorio, sin echar otra mira­da y, saludado por el agente, se llevó su presa con precipitación.
Un tren oportuno lo llevó hasta la ciudad, solo y reflexionando en profundidad, en un compartimiento de tercera. Ese trozo de tela cha­muscado era de incalculable valor y no podía dejar de asombrarse por la forma casual en que lo había obtenido. Era como si el Destino hu­biera puesto esa pista en sus manos. Y de acuerdo con el criterio de un hombre común, cuya ambición es regir los acontecimientos, empezó a sospechar de un éxito tan gratuito y occidental, precisamente porque le parecía impuesto y no buscado. El valor práctico del éxito depende no poco del modo en que se le considere. Pero el Destino no toma nada en cuenta, carece de discreción. Heat ya no consideró para nada deseable llegar a establecer en público la identidad del hombre que esa mañana había explotado en forma tan integral. Pero no estaba seguro del crite­rio que adoptaría su departamento. Para sus empleados, un departa­mento es una compleja personalidad con ideas e incluso manías pro­pias; depende siempre de la leal devoción de sus servidores, y la devota lealtad de los servidores confiables está asociada con un cierto grado de afectuoso desdén, que la mantiene en la dulcedumbre, por así decir. Por una disposición benévola de la Naturaleza, ningún hombre es un héroe para su criado, o de lo contrario los héroes tendrían que cepillar sus propias ropas. Del mismo modo, ninguna empresa resulta comple­tamente sensata para la intimidad de sus operarios. Un departamento no sabe tanto como algunos de sus servidores. Al ser un organismo desapasionado, jamás puede alcanzar una información perfecta. Y no sería bueno para su eficiencia saber demasiado. El Jefe Inspector Heat bajó del tren en un estado de fruición meditativa por entero incorrupta de deslealtad, pero no libre en su conjunto de esa sombra de sospecha que tan a menudo brota en la tierra de una perfecta devoción, ya sea con respecto a las mujeres o a las instituciones.


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