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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.63

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Página 63 de 205


Durante todo el tiempo sus entrenadas fa­cultades de excelente investigador, que no desprecia ninguna oportuni­dad de información, atendían a la autosatisfecha, incoherente locuaci­dad del agente.
Un tipo de pelo claro- observó éste con tono plácido, e hizo, una pausa-. La vieja que habló con el sargento mentó a un tipo de pelo claro que salía de la estación de Maze Hill. Volvió a callar. Y éste era un tipo de pelo claro. La mujer habló de dos hombres saliendo de la estación después que el subterráneo partió- continuó, lento-. No pudo decir si andaban juntos. No le prestó atención al más corpulento, pero el otro era de pelo claro, bastante joven, y llevaba una lata de barniz en una mano. El agente dejó de hablar.
-¿Conoce a la mujer? musitó el Jefe Inspector, con los ojos fijos en la mesa y una vaga noción de la necesidad de indagar a esa persona que, tal vez, permanecería anónima para siempre.
-Sí. Es ama de llaves de un hotelero retirado y a veces cuida la capilla de Park Place- explicó con prolijidad el gente e hizo una pausa, mientras echaba una mirada oblicua a la mesa. Luego, de improviso agregó: - Bien, aquí está... todo lo que pude ver de él. Rubio. Delgado, bastante delgado. Mire este pie. Primero junté las piernas, una después de la otra. Estaba tan desparramado que no se sabía por dónde empe­zar.
El agente hizo silencio; el último resplandor de una inocente son­risa autolaudatoria iluminaba su cara redonda con una expresión infan­til.
-Tropezó- declaró con firmeza-. Yo mismo tropecé una vez y me pegué un golpe en la cabeza, también, mientras corría para allá. Las raíces asoman por todos partes ahí. Tropezó con la raíz de un árbol y se cayó, y eso que llevaba en la mano debe haberle explotado bajo el pecho, supongo yo.
El eco de las palabras «persona desconocida» repetidas en su sub­consciente preocupaban bastante al jefe Inspector. Le hubiera gustado seguir la pista de ese caso hasta su misterioso origen por sus propios medios. Era curioso de profesión. Ante el público le hubiera gustado reivindicar la eficiencia de su departamento estableciendo la identidad de ese hombre. Él era un servidor leal; sin embargo, lograrlo parecía imposible. El primer indicio del problema era ilegible: sólo sugería crueldad, crueldad atroz.
Por encima de su repugnancia física, el Jefe Inspector Heat estiró sin convicción una de sus manos, para acallar la conciencia, y agarró el menos sucio de los restos. Era una tira angosta de terciopelo con un pedazo triangular, más grande, de tela azul colgando de una punta. Lo levantó hasta la altura de sus ojos; el agente de policía habló.


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