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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.62

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Página 62 de 205


Un agente de uniforme, destacado ahí, echó una ojeada y dijo con estúpida simpleza:
-Está todo ahí. Hasta el último pedacito del tipo. Fue muy difícil.
Había sido el primero en llegar al lugar después de la explosión. Una vez más mencionó el detalle. Había visto algo parecido a un enorme relámpago restallando entre la niebla. A esa hora estaba parado en la puerta del hospedaje de la calle King William, hablando con el encargado. La explosión lo hizo saltar. Corrió entre los árboles hacia el Observatorio. -Tan rápido como podían mis piernas- repitió dos veces.
El jefe Inspector Heat se inclinó sobre la mesa en forma cautelosa y lleno de horror, dejando al agente proseguir con su relato. Un enfer­mero del hospital y otro hombre, corrieron las puntas de la tela y se apartaron. Los ojos del jefe Inspector examinaron el horripilante revol­tijo de pedazos abigarrados, que parecían haber sido recogidos en un matadero o en un basural.
-Usaron una pala- dijo, mientras observaba restos de grava, peda­citos de corteza de árbol y partículas de astillas de madera, tan finas como agujas.
-Hubo que hacerlo en un momento- contestó el estólido agente. Envié a un cuidador para que me alcanzara una azada. Cuando me oyó escarbando la tierra, apoyó la frente contra un árbol y se quedó como un perro apaleado.
El Jefe Inspector, agachado con precaución sobre la mesa, pelea­ba contra una desagradable sensación en su garganta. La desatada violencia destructiva que había hecho de ese cuerpo un montón anóni­mo de fragmentos afectaba su sensibilidad con la idea de una saña despiadada, aunque su razón le decía que el efecto debió haber sido tan rápido como el centelleo de un relámpago. El hombre, quienquiera que fuese, había muerto al instante; y sin embargo parecía imposible creer que un cuerpo humano pudiese haberse desintegrado hasta ese punto sin pasar por los tormentos de una agonía inconcebible. Ni fisiólogo, ni mucho menos metafísico, el jefe Inspector Heat, gracias a la fuerza de la simpatía, que es una forma de temor, se elevaba por encima de la concepción vulgar del tiempo. ¡Instantáneo! Recordó todo lo que había leído una vez en una revista acerca de largos y aterradores sueños que se producían en el mismo instante de despertarse; toda la vida pasada vivida con intensidad horrorosa por el hombre que se ahoga, mientras su cabeza sentenciada ya emerge por última vez entre la corriente. Los misterios inexplicables, de la existencia consciente acosaban al jefe Inspector Heat, mientras desarrollaba la horrible idea de que siglos enteros de atroces penurias y tortura mental podían estar resumidos en el tiempo que media entre dos parpadeos sucesivos. Entretanto, el Jefe Inspector seguía escudriñando la mesa, con el rostro calmo y la aten­ción apenas ansiosa de un comprador sin plata, inclinado sobre los que se podrían llamar desperdicios de una carnicería, planeando una cena de domingo poco costosa.


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