El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.60
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Podía contemplar a todos sus enemigos y sin temor, en la suprema satisfacción de su vanidad, se atrevía a enfrentarlos. Y se mostraban perplejos frente a él, como ante un espantoso portento. Se deleitaba con la oportunidad de este encuentro, que afirmaba su supremacía frente al conjunto entero de la humanidad.
En realidad se trataba de un encuentro casual. El Jefe Inspector Heat había tenido un día desagradable y agitado desde que su Departamento recibió el primer telegrama de Greenwich, poco antes de las once de la mañana. Además, el atentado se produjo menos de una se-mana después de que él asegurara a un alto oficial que no se preveía ningún brote de actividad anarquista. Si alguna vez se había sentido seguro de sí al hacer una declaración, había sido en ese instante. Y había hecho la aseveración infinitamente satisfecho consigo mismo, ya que era evidente que el alto oficial anhelaba oír justo eso. Había afirmado que ningún hecho de ese tipo podía siquiera planearse sin que el departamento se enterara dentro de las veinticuatro horas; y habló de ese modo con la conciencia de ser el gran experto de su Departamento. Y hasta había ido tan lejos como para usar palabras cuya real sabiduría hubiera debido reservar. Pero el jefe Inspector Heat no era demasiado sabio; por lo menos no en profundidad. La verdadera sabiduría, que no está segura de nada en este mundo de contradicciones, tendría que haberlo prevenido. Eso hubiese alarmado a sus superiores aventando sus posibilidades de promoción. Su promoción había sido muy rápida.
-No hay uno de ellos, señor, a quien no podamos echar mano en cualquier momento del día o de la noche. Sabemos qué hace cada uno de ellos hora por hora- declaró. Y el alto oficial se había dignado sonreír. Eran las palabras correctas que tenía que decir un oficial de la reputación del Jefe Inspector Heat, y las debía decir en forma tan obvia que resultaran deleitosas. El alto funcionario creyó en ellas, pues concordaban con su propia idea de la compatibilidad de las cosas. Su discernimiento era de índole oficial, de lo contrario tendría que haber chocado con una noción no teórica sino de experiencia: en la básica urdimbre espesa de las relaciones entre conspirador y policía se producen inesperados cortes, súbitos baches de espacio y tiempo. Un determinado anarquista puede ser vigilado pulgada a pulgada y minuto a minuto, pero llega un momento en que, por alguna razón, se pierde al sujeto de vista por unas pocas horas, durante las cuales algo (por lo general una explosión), más o menos deplorable, tiene lugar. Pero el alto funcionario, arrastrado por su sentido de la intrínseca propiedad de las cosas, había sonreído y ahora la memoria de esa sonrisa era incómoda para el jefe Inspector Heat, principal experto en estrategia anarquista.
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