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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.59

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Para llegar más rápido al lugar en que podría tomar su ómnibus, dobló de pronto por un estrecho y oscuro callejón cubierto de lajas, abandonando la calle concurrida. A un costado, las bajas casas de ladrillos ofrecían en sus polvorientas ventanas el invisible, moribundo aspecto de una declinación incurable, cáscaras vacías esperando la demolición. Al otro lado la vida aún no se había alejado en forma total. Frente al cínico farol de gas bostezaba la caverna de un vendedor de muebles de segunda mano donde, en lo hondo de la lobreguez de una especie de estrecha avenida, que se retorcía entre la selva caprichosa de roperos, con una maraña baja de patas de mesas, centelleaba, como un charco de agua en un bosque, un alto espejo. En la puerta estaban fir­mes un sillón desdichado, sin hogar, y dos sillas de distinto estilo. El único ser humano que usaba el callejón, además del Profesor, avanzan­do fornido y enhiesto en dirección opuesta, contuvo de pronto su paso cadencioso.
-¡Hola!- dijo. Y se apartó apenas hacia un costado con precau­ción.
El Profesor ya se había detenido, con una ágil media vuelta que llevó sus hombros hasta muy cerca de la otra pared. Su mano derecha se apoyó apenas en el respaldo del sillón en desuso, la izquierda siguió hundida en el bolsillo del pantalón y la redondez de los anteojos de grueso marco le dio aspecto de búho a su taciturna, imperturbable cara.
Parecía un encuentro en un pasillo secundario de una casa llena de vida. El hombre fornido tenía un abrigo abotonado hasta el cuello y llevaba un paraguas. Su sombrero, echado hacia atrás, descubría una parte de la frente que parecía muy blanca en la oscuridad. Los parches oscuros de las órbitas hacían brillar los ojos en forma penetrante. Lar­gos bigotes, color de maíz maduro, caían enmarcando con sus puntas la masa cuadrada de su mentón afeitado.
-No lo ando buscando a usted- dijo lacónico.
El Profesor no se movió ni un centímetro. Los ruidos entremez­clados de la enorme ciudad iban cayendo paulatinamente hacia un murmullo débil, inarticulado. El Jefe Inspector Heat, del Departamento Especial del Crimen, cambió el tono.
-¿No tiene apuro para llegar a casa?- preguntó con burlona sim­plicidad.
Con su apariencia dañina, diminuta, el agente moral de la des­trucción se regodeaba en silencio de poseer un prestigio personal que jaqueara a ese hombre, armado con el mandato defensivo de la socie­dad amenazada. Más afortunado que Calígula, quien anhelaba que el Senado romano tuviera una sola cabeza para mejor satisfacer su capri-cho cruel, veía en ese único hombre la concreción de todas las fuerzas a las que había desafiado: la fuerza de la ley, la propiedad, la opresión y la injusticia.


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