El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.58
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Y él lo alimentó como algo secularmente sagrado. Al ver frustradas sus aspiraciones, abrió los ojos a la verdadera naturaleza del mundo, cuya moral era artificiosa, corrupta y blasfema. Aun el camino de las más justificables revoluciones es preparado por impulsos personales que se disfrazan de doctrinas. La indignación del Profesor encontró en sí misma una causa final, que la absolvía del pecado de haberse volcado a la destrucción como agente de su propia avidez. Destruir la fe pública en la legalidad era la fórmula imperfecta de su pedante fanatismo; pero era precisa y correcta la convicción subconsciente de que el sistema de un orden social establecido no podía ser destruido, en forma efectiva, sino por alguna forma de violencia colectiva o individual. Él era un agente moral, y esa idea estaba fija en su mente. Al ejercer como tal, en un reto despiadado, se procuraba a sí mismo las apariencias de poder y prestigio personal. Eso era innegable para su vengativa amargura, y apaciguaba su desasosiego; a su propio modo los más ardientes revolucionarios acaso no hagan otra cosa que buscar paz con el resto de la humanidad: la paz de la vanidad mitigada, de los apetitos satisfechos, o quizá de la conciencia aplacada.
Perdido en la muchedumbre, miserable y enano, meditaba lleno de confianza en su poder, con la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón, empuñando con suavidad la pelota de goma, la suprema garantía de su siniestra libertad; pero después de un rato se sintió desagradablemente afectado por el aspecto de la calle, apiñada de vehículos, y de la vereda, repleta de hombres y mujeres. Se hallaba en una larga, recta, calle transitada por apenas una fracción de una inmensa multitud; pero a su alrededor, sin cesar, hasta los límites del horizonte encubierto por enormes moles de ladrillos, sentía la masa poderosa de la humanidad en toda su dimensión. Pululaban innúmeros como langostas, industriosos como hormigas, atolondrados como una fuerza natural, empujando a ciegas, metódicos y absortos, impermeables al sentimiento, a la lógica, y hasta al mismo terror, quizá...
Esa era la forma de duda que más temía. ¡Impermeables al miedo! A menudo, mientras andaba por la calle - ocasiones en que solía salirse de sí mismo- lo asaltaban esos momentos de terrible y cuerda desconfianza en la humanidad. ¿Y que pasaba si nada los podía conmover? Esos momentos le llegan a todos los hombres cuya ambición tiende a lograr poderío sobre la gente: a los artistas, políticos, pensadores, reformadores o santos. Despreciable estado emocional contra el cual sólo la soledad es remedio para un carácter fuerte; y con severo regocijo el Profesor pensaba en el refugio de su cuarto, con el armario y su candado, perdido en la mezcolanza de casas pobres la ermita de un perfecto anarquista.
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