El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.57
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El solitario piano, sin mucho más que un taburete que lo ayudara, atacó con coraje una selección de aires nacionales, tocándole por último la tonada «Blue Bells of Scotland». Las notas penosamente arrancadas crecieron lánguidas a espaldas de Ossipon, mientras subía con lentitud las escaleras, cruzaba el hall y llegaba a la calle.
Frente a la gran puerta de entrada una funesta fila de vendedores de diarios parados sobre la calle vendían sus ejemplares desde el cordón. Era un día frío, nublado, de comienzos de primavera; y el cielo de hollín, el barro de las calles, los andrajos de los hombres sucios armonizaban a la perfección con el brote de las húmedas hojas de diario, manchadas de basura y de tinta. Los carteles, llenos de inmundicias, guarnecían como tapices las curvas del cordón. La venta de diarios de la tarde era animada y, a pesar de ello, en comparación con el ágil y constante movimiento de peatones, el efecto era de indiferencia, de distribución desigual. Ossipon miró con rapidez a uno y otro lado antes de meterse en el gentío, pero el Profesor ya no estaba al alcance de la vista.
V
El Profesor dobló por una calle hacia la izquierda y avanzó, llevando la cabeza rígida y erguida, en medio de una multitud compuesta por individuos que sobrepasaban, todos, su raquítica estatura. Era inútil querer ocultarse a sí mismo que estaba decepcionado. Pero eso era pura sensiblería; el estoicismo de su pensamiento no podía ser perturbado por esa u otra falla cualquiera. La próxima vez, o la siguiente, un golpe eficaz sobrevendría- algo de veras sobrecogedor- una explosión adecuada para abrir la primera grieta en la imponente fachada del gran edificio de las concepciones legales, encubridor de la atroz injusticia social. De origen humilde y con una apariencia exterior tan mediocre como para cerrarle el paso a sus considerables habilidades naturales, la imaginación se le encendió desde temprano con los relatos de hombres que se elevaban de las profundidades de la pobreza hasta posiciones de autoridad y opulencia. La extrema, casi ascética, pureza de su pensamiento mezclada con una sorprendente ignorancia de las condiciones terrenas, le planteó un objetivo: alcanzar poder y prestigio sin la intermediación de artes, gracias, tacto, riquezas, sino con el beso cabal de su solo mérito. En esa perspectiva se consideraba con títulos suficientes para un éxito indiscutible. Su padre, un endeble y oscuro fanático, de frente deprimida, había sido predicador ambulante entusiasta de alguna secta cristiana poco conocida; un hombre que confiaba a ciegas en los privilegios de su rectitud. En el hijo, individualista por temperamento, una vez que la ciencia de los colegios reemplazó a fondo la fe de la secta, esa actitud moral se convirtió por sí misma en un frenético puritanismo de ambición.
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