El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.56
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El hombrecito de pie, con el saco ya abotonado y listo para irse no era más alto que Ossipon sentado; con sus lentes apuntó a la cara de este último.
-Tiene que pedir un certificado de buena conducta a la policía. Ellos saben dónde durmió cada uno de ustedes esta noche pasada. Tal vez, si usted se lo pide, consientan en publicar alguna declaración oficial.
-Sin duda que ellos saben muy bien que nosotros no tenemos nada que ver con este asunto- refunfuñó Ossipon, con amargura-. Lo que dirán es otra cosa-. Permaneció pensativo, sin mirar la pequeña figura del búho andrajoso que estaba parada a su lado. Tengo que agarrarlo de inmediato a Michaelis y llevarlo a una de nuestras asambleas, y que hable de corazón. El público tiene una especie de consideración sentimental por ese tipo. Su nombre es conocido y yo tengo contacto con algunos periodistas de los grandes diarios. No dirá más que pura palabrería, pero él tiene una forma de hablar que les hace tragar cualquier cosa.
-Hasta veneno- profirió el Profesor en voz baja, manteniendo una expresión impasible.
El perplejo Ossipon siguió hablándose a sí mismo- apenas se lo oía- como un hombre que reflexiona en perfecta soledad.
-¡Maldito burro! Dejar este asunto idiota en mis manos. Y ni siquiera sé si...
Permanecía sentado con los labios apretados. La idea de ir a bus-car noticias al negocio no lo seducía. Suponía que el negocio de Verloc estaría convertido en una trampa de la policía. Se dedicarían a hacer algunos arrestos, pensaba, con algo así como una indignación virtuosahasta la sustancia de su vida revolucionaria estaba amenazada por un crimen que no había cometido. Y si no iba allí, corría el riesgo de permanecer en la ignorancia de lo que quizá le sería fundamental conocer. Luego reparó que, si el hombre del parque había quedado deshecho en pedazos como decían los diarios de la tarde, tal vez no hubiera sido identificado. Y si era así, la policía no debía tener motivos especiales para vigilar el negocio de Verloc con más empeño que cualquier otro lugar habitualmente frecuentado por anarquistas marcados... no más especiales, de hecho, que para vigilar las puertas del Silenus. Debía haber mucha vigilancia en todas partes, en cualquier lugar. Con todo...
-¿Cómo saber qué me conviene hacer ahora?- musitó pidiéndose consejo a sí mismo.
Una voz ronca dijo a su lado, con sosegado desprecio:
-Apúrese a ver qué cosas de valor tiene esa mujer.
Después de emitir estas palabras, el Profesor se alejó de la mesa. Ossipon, a quien esa muestra de perspicacia tomó desprevenido, hizo un amago inútil pero todavía permaneció allí con la mirada fija y sin esperanza, como si estuviera por siempre clavado a la silla.
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