El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.55
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El detonador estaba conectado con el tornillo de la tapa de la lata. Era ingenioso, una combinación de tiempo y percusión. Le expliqué el sistema; había un tubo delgado, de lata, que contenía...
La atención de Ossipon volvió de su vagabundeo.
-¿Qué cree usted que ha pasado?- interrumpió.
-No puedo decirlo. Tal vez atornilló la tapa demasiado ajustada, ese movimiento hizo la conexión y él se olvidó del tiempo. Tenía un margen de veinte minutos. Pero, una vez hecho el contacto, una sacudida brusca podría haber producido la explosión de inmediato. O dejó transcurrir demasiado tiempo o bien, simplemente, dejó caer la lata. Que el contacto se produjo con exactitud, para mí está bien claro; el sistema trabajó a la perfección. Y sin embargo se podría pensar que un tonto cualquiera sería capaz de olvidarse, en el apuro, de hacer el contacto total. Estaba pensando para mí, con preocupación, acerca de ese tipo de descuido, principalmente. Pero hay más clases de tontos que las que uno puede prever. No se puede pretender que un detonador sea a prueba de tontos.
El Profesor hizo señas a un mozo. Ossipon estaba sentado, rígido, con la mirada abstraída de quien realiza un trabajo mental. Después que el mozo se alejó con el dinero, se despabiló mostrando una profunda desazón.
-Esto me es muy desagradable- rumió- Karl ha estado en cama con bronquitis durante una semana. Existe la posibilidad de que no se vuelva a levantar. Michaelis está regodeándose en el campo, en cualquier lugar. Un editor de moda le ofreció quinientas libras por un libro. Va a ser un terrible problema: ya sabe usted que él perdió en la cárcel el hábito de pensar con coherencia.
El Profesor, de pie, abotonándose el saco, lo miró con perfecta indiferencia.
-¿Qué va a hacer usted?- preguntó Ossipon, fastidiado. Temía la censura del Comité Rojo Central, un cuerpo que no tenía lugar fijo de residencia y de cuyos componentes él no tenía conocimiento cabal. Si este asunto incidía en la cesación del modesto subsidio adjudicado para la publicación de los panfletos F. P., entonces sí tendría que lamentar la inexplicable locura de Verloc.
-Una cosa es la solidaridad con las formas extremas de acción, y otra la temeridad absurda- dijo con una especie de brutalidad taciturna. No sé qué le pasó a Verloc; hay algo misterioso ahí. Pero él ya no está. Usted puede tomarlo como quiera, pero en estas circunstancias la única actitud posible para el grupo de militantes revolucionarios es desconocer toda conexión con esta maldita extravagancia suya. Lo que me preocupa a mí es cómo hacer que esa declaración sea convincente en alto grado.
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