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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.54

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Más útil que importante. Hombre sin ideas. Años atrás solía hablar en concentraciones públicas, creo que en Francia. No muy bien, con todo. Confiaban en él hombres como Latorre, Moser y todo ese antiguo grupo. El único talento que en realidad demostró fue su habili­dad para eludir, de un modo u otro, la atención de la policía. Aquí, por ejemplo, no parecía que lo vigilaran de cerca. Estaba legalmente casa-do, como sabe usted. Supongo que fue con la plata de ella con la que inició ese negocio. Parece que también lo hizo caminar.
Ossipon se interrumpió con brusquedad. Luego murmuró para sí mismo:
-¿Qué irá a hacer esa mujer ahora? y se sumergió en sus pensa­mientos.
El otro esperó, ostentando indiferencia. Nadie conocía a la familia de ese hombre y en general se aludía a él por el sobrenombre de Profe­sor. Se había ganado tal designación porque una vez había sido ayu­dante de química en algún instituto técnico. Tuvo un altercado con las autoridades por una cuestión de trato desleal. Después obtuvo un puesto en el laboratorio de una fábrica de anilinas. También allí fue tratado con injusticia sublevante. Sus luchas, sus privaciones, su arduo trabajo para elevarse en la escala social, lo habían henchido de una exaltada convicción acerca de sus méritos, tan importantes, que era muy difícil para el mundo hacerles justicia, ya que la pauta de esa noción dependía en alto grado del sufrimiento del individuo. El Profe­sor tenía genio pero era falto de la gran virtud social de la resignación.
-En el plano intelectual una nulidad- pronunció Ossipon en voz alta, abandonando de pronto la íntima contemplación de la acongojada persona y desolado negocio de Mis. Verloc-. Una personalidad bien vulgar. Usted se equivoca al no mantenerse en un contacto más estre­cho con los camaradas, Profesor- agregó en tono reprobatorio-. ¿Él le dijo algo... le dio alguna idea de sus intenciones? No lo veía desde hacía un mes. Parece mentira que se nos haya ido.
-Me dijo que iba a hacer una demostración contra un edificio­dijo el Profesor-. Yo tenía que saber cómo preparar el explosivo. Le advertí que no tenía la cantidad suficiente para un completo resultado destructivo, pero me encareció que hiciera lo que pudiese. Como que­ría algo que pudiera ser llevado al descubierto en la mano, le propuse usar una lata vieja de barniz que, por casualidad, tenía en mi casa. Le agradó la idea. Me costó cierto trabajo porque primero tuve que cortar el fondo y después volver a soldarlo. Cuando estuvo lista, contenía un frasco de boca ancha, bien tapado, de vidrio grueso, envuelto en arcilla húmeda y lleno con cuatrocientos gramos de polvo verde X 2.


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