El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.53
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¡Usted habla de Inglaterra como de nuestro único refugio! Antes bien, es el peor. ¡Capua! ¿Qué nos importan los refugios? Aquí usted imprime sus palabras, conspira y no hace nada muy conveniente para los Karl Yundt, estoy seguro.
Se encogió de hombros apenas, luego agregó con la misma pausada seguridad:
-Nuestro objetivo ha de ser romper la superstición y el culto de la legalidad. Nada me gustaría más que ver al Inspector Heat y a sus pares asumiendo la tarea de limpiarnos a plena luz del día con la aprobación de la gente. Entonces habremos ganado la mitad de nuestra batalla; la desintegración de la vieja moralidad se habrá asentado en su propio templo. Eso es lo que ustedes tendrían que tratar de lograr. Pero ustedes los revolucionarios jamás llegarán a entenderlo. Planean el futuro, se pierden en ensoñaciones de sistemas económicos derivados del actual, mientras que lo que se busca es barrer con todo y dar comienzo a una nueva concepción de la vida. Ese tipo de futuro se cuida solo, con tal que ustedes le hagan lugar. Por eso fue gustaría desparramar a paladas mi material, a montones en las esquinas, si tuviera la cantidad necesaria; y como no la tengo, hago lo que puedo perfeccionando un detonador seguro de veras.
Ossipon, que en mente había estado navegando en aguas profundas, se agarró de las últimas palabras como si fueran una tabla de salvación.
-Sí. Sus detonadores. No me asombraría que fuera uno de sus detonadores el que hizo la limpieza del hombre en el parque.
Una sombra de enojo oscureció la cara resuelta, pálida, que enfrentaba a Ossipon.
-Mi problema consiste precisamente en experimentar, en la práctica, los distintos modelos. Después de todo, hay de probarlos. Además...
Ossipon interrumpió.
-¿Quién sería ese tipo? Le aseguro que en Londres no conocemos... ¿No podría hacerme una descripción de la persona a la que le dio el material?
El otro volvió sus lentes hacia Ossipon, como un par de reflectores.
-Describirlo- repitió con lentitud-. Creo que ahora no hay el me-nor inconveniente. Se lo voy a describir con una sola palabra: Verloc.
Ossipon, cuya curiosidad lo había levantado varios centímetros de la silla, se derrumbó como si lo hubieran golpeado en la cara.
-¡Verloc! Imposible.
El hombrecito dueño de sí cabeceó apenas una vez.
-Sí. De él se trata. En este caso usted no podrá decir que le di mi materia prima al primer loco que iba pasando. Era un prominente miembro del grupo, por lo que sé.
-Sí- dijo Ossipon-. Prominente, No, no exactamente. Era el centro para la inteligencia general y siempre recibía a los camaradas que venían aquí.
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