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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.50

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En cambio yo me atengo a la muerte, que no reconoce límites y no admite embestidas. Mi superioridad es evidente.
-Esa es una explicación trascendental del asunto- dijo Ossipon, observando el centelleo frío de los anteojos redondos-. Lo he oído a Karl Yundt diciendo más o menos lo mismo no hace mucho tiempo.
-Karl Yundt- murmuró el otro, con desprecio- el delegado del Comité Rojo Internacional, toda su vida ha sido una sombra en pose. ¿Ustedes los delegados, son tres, no es cierto? No quiero definir a los otros dos ya que usted es uno de ellos. Pero lo que usted diga no tiene importancia. Ustedes son dignos delegados para la propaganda revolu­cionaria, pero el problema no es sólo que no son capaces de pensar con independencia, sino que no tienen carácter frente a nada.
Ossipon no pudo reprimir un impulso de indignación.
-¿Pero qué quiere de nosotros?- exclamó con voz amortecida-. ¿Qué es usted además de usted mismo?
-Un detonador perfecto- fue la respuesta perentoria-. ¿Qué cara se fabrica para oponer a eso? Ya lo ve, ni siquiera es capaz de mencionar algo concluyente.
-Yo no me ando fabricando caras- gruñó el abrumado Ossipon, con aspereza.
-Ustedes los revolucionarios- continuó el otro, en su total con­fianza en sí mismo- son los esclavos de la convención social, que les teme; tan esclavos como la misma policía que se pone de pie en defen­sa de esa convención. Por supuesto que lo son ya que quieren llevar la revolución a ese ámbito. Lo convencional condiciona el pensamiento de ustedes, sin duda, y también la acción, y de este modo ni el pensa­miento ni la acción que desarrollen llegarán jamás a nada terminante.-Hizo una pausa, tranquilo, con ese aire de cerrado, inacabable silencio, luego, casi de inmediato, prosiguió-: Ustedes no son ni un poquito mejores que las fuerzas que los persiguen.., que la policía, por ejemplo. Los otros días me tropecé de pronto con el jefe Inspector Heat en una esquina de la calle Tottenham Court. Él me miró muy fijamente. Pero yo no. ¿Por qué tendría que dedicarle más que una ojeada? Él estaba pensando en muchas cosas... sus superiores, su reputación, los tribu­nales, su sueldo, los diarios... un centenar de cosas. Pero yo sólo pen-saba en mi perfecto detonador. Él no representó nada para mí. Era tan insignificante como... no se me ocurre nada tan insignificante que pueda compararse con él... excepto Karl Yundt, tal vez. Tal para cual. El terrorista y el policía, ambos provienen de la misma bolsa. Revolu­ción, legalidad: los opuestos se mueven dentro del mismo juego; for-mas de una inutilidad que en el fondo es la misma. El policía juega su jueguito y ustedes, los propagandistas, hacen otro tanto.


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