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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.48

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No, ni uno.
-¿Por qué? preguntó Ossipon.
-Porque saben muy bien que siempre tengo el cuidado de no des­prenderme del último puñado de mis ingredientes. Siempre los tengo aquí- se tocó el saco suavemente-. En un frasco grueso de vidrio- agre­gó.
-Así me habían dicho dijo Ossipon, con una sombra de admira­ción en su voz. Pero no sé si...
-Ellos saben- lo interrumpió el hombrecito, encrespado, apoyán­dose en el respaldo de la silla que se levantaba por encima de su frágil cabeza.
-Nunca seré arrestado. El jueguito no es atractivo para ninguno de esos policías. Habérselas con un hombre como yo exige elevado, sim­ple y oscuro heroísmo.
Una vez más sus labios se cerraron con un chasquido de confian­za en sí mismo. Ossipon dominó un movimiento de impaciencia.
-O temeridad, o simplemente ignorancia- contestó-. Sólo tienen que conseguir para el trabajo a uno que no sepa que usted tiene en el bolsillo lo suficiente como para volarse a sí mismo y a cualquier otra cosa en quince metros a la redonda.
-Nunca sostuve que no puedo ser eliminado- replicó el otro- sino que no voy a ser arrestado. Además, no es tan fácil como parece.
-¡Bah!- contradijo Ossipon-. No esté tan seguro de eso. ¿Cómo rechazar a media docena de ellos saltándole por la espalda en la calle? Con sus armas escondidas a los costados no podría hacer nada, ¿qué podría hacer?
-Sí; podría. Rara vez ando por la calle después que ha oscurecido dijo el hombrecito, imperturbable y jamás tarde por la noche. Siempre camino con mi mano derecha cerrada alrededor de una pelota de goma que llevo en el bolsillo del pantalón. Una presión sobre esta pelota activa un detonador dentro del frasco; es el principio neumático ins­tantáneo del disparador del lente de una cámara. La pelota sirve de transmisor...
En un rápido gesto descubrió a la mirada de Ossipon un tubo de goma que se parecía a un pequeño gusano oscuro, asomado por debajo de la bocamanga del chaleco y sumergido en el bolsillo interno de su saco. Sus ropas, de una indescriptible mezcolanza de marrones, estaban hechas harapos y acribilladas de manchas, grasientas en los bordes, con los ojales deshilachados.
-El detonador es en parte mecánico, en parte químico- explicó con condescendencia casual.
-¿Es instantáneo, por supuesto?- murmuró Ossipon, estremecién­dose ligeramente.
-Al contrario- confesó el otro, con cierta reticencia que parecía estremecer dolorosamente su boca. Pasan sus buenos veinte segundos desde que presiono la pelota hasta que se produce la explosión.
-¡Fiu!- silbó Ossipon, espantado por completo ¡Veinte segundos! ¡Qué horror! ¿Usted quiere decir que podría aguantar eso? Yo me volvería loco.


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