El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.47
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Un diariero había voceado el asunto debajo de sus mismas narices y como él no se esperaba semejante cosa, se había sentido lleno de espanto y desconcierto. Había llegado hasta allí con la boca seca.
-No se me había ocurrido que lo iba a encontrar aquí agregó con un murmullo sordo, los codos plantados en la mesa.
-A veces vengo por aquí dijo el otro, manteniendo su comportamiento provocativamente frío.
-Es notable, usted es el único que no oyó nada de esto continuó el robusto Ossipon. Sus párpados se agitaron nerviosos sobre los ojos brillantes-. Usted, el único- repitió tanteando. Esta evidente restricción develaba una increíble e inexplicable timidez por parte del fortachón frente al calmo hombrecito, quien una vez más levantó el vaso de vidrio, bebió y lo bajó de nuevo con movimiento brusco y terminante. Y eso fue todo.
Ossipon, luego de esperar algo, una palabra o una señal que no llegó, hizo un esfuerzo para asumir algún tipo de indiferencia.
-¿Usted- dijo bajando aún más la voz- le ha dado su material a alguien que se lo haya pedido alguna ver?
-Mi regla absoluta es no negar nunca nada a nadie, siempre que me quede una pizquita para mí- contestó el hombrecito con decisión.
-¿Es un principio?- comentó Ossipon.
-Es un principio.
-¿Y usted cree que es sano?
Los grandes anteojos redondos, que daban un aspecto de tozuda confianza a la cara pálida, observaron a Ossipon como esferas desveladas, sin parpadeos, centelleando con un frío fuego.
-Totalmente. Siempre. En cualquier circunstancia. ¿Qué me podría detener? ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué tendría que pensarlo dos veces?
Ossipon tartamudeó, por así decir, con discreción.
-¿Quiere decir que se las daría a un «poli» si le viniera a pedir sus cosas?
El Otro sonrió apenas.
-Déjelos que vengan y lo intenten y ya va a ver- dijo-. Ellos me conocen pero yo también los conozco bien. No se me van a acercar; por cierto que no.
Sus finos, lívidos labios se apretaron con fuerza. Ossipon empezó a retrucar.
-Pero ellos podrían mandar a alguno... un desconocido... y usted lo equiparía. ¿Se da cuenta? De ese modo obtendría el material de sus manos y luego lo arrestaría con las pruebas a la vista.
-¿Pruebas de qué? De andar con explosivos sin licencia, tal vez. Esto fue dicho con una expresión de soberbia burlona, aunque la delgada cara enfermiza permaneció inalterable y el tono era descuidado. No creo que alguno de ellos esté ansioso por hacer tal arresto. No me parece que consigan uno que se anime a probarlo, Quiero decir uno bueno.
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