El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.46
Indice General
|
Volver
Página 46 de 205
Era de pocas palabras y tenía una manera muy imponente de guardar silencio.
Ossipon, a través de sus manos, habló otra vez en un murmullo.
-¿Estuvo mucho tiempo afuera hoy?
-No. Me quedé en la cama toda la mañana contestó el otro- ¿Por qué?
-¡Oh! por nada dijo Ossipon- mirando serio y temeroso por dentro, con el deseo de averiguar algo- pero era obvio intimidado por el asombroso aire de indiferencia del hombrecito. Cuando hablaba con sus compañeros (lo que ocurría pocas veces) el robusto Ossipon sufría de un sentimiento moral, y a veces hasta físico, de insignificancia. Sin embargo, aventuró otra pregunta. ¿Vino caminando hasta aquí?
-No; en ómnibus- contestó el hombrecito con bastante rapidez. Vivía muy lejos, en Islington, en una casita que estaba en una calle sucia, cubierta de paja y papeles roñosos, donde fuera de las horas de clase una banda de chicos de todo tipo corría y peleaba entre gritos estridentes, tristes, groseros. Alquilaba, amueblado, un solo cuarto trasero, notable por su enorme armario, a dos solteronas mayores, modistas de segunda, con una clientela de sirvientas en su mayoría. Cerraba el gran armario con un candado imponente, pero, por otro lado, era un huésped modelo, que no ocasionaba problemas y que casi no requería atenciones. Sus singularidades consistían en estar presente cuando su cuarto tenía que ser limpiado y que, cuando salía, cerraba la puerta y se llevaba la llave.
Ossipon entrevió esos anteojos redondos de marco negro avanzando por las calles, en la parte alta de un ómnibus: sus reflejos, seguros de sí mismos, caían aquí y allá sobre las paredes de las casas o se abatían sobre las cabezas del flujo inconsciente de los hombres que anclaban por las veredas. El fantasma de una sonrisa endeble alteró la curvatura de los labios gruesos de Ossipon con el pensamiento de las paredes cabeceando, la gente corriendo para salvar su vida ante la vista de esos anteojos. ¡Si supieran! ¡Qué pánico! Interrogativamente murmuró:
-¿Hace mucho que está sentado aquí?
-Una hora o más- contestó el otro, negligente, y tomó un trago de la oscura cerveza. Todos sus movimientos, la forma en que agarraba el vaso, el acto de beber, la manera de colocar otra vez el vaso sobre la mesa y cruzar los brazos, tenían una firmeza, una precisión tan certera que el corpulento Ossipon, echado hacia atrás con su mirada fija y sus labios abultados, parecía la figura misma de la indecisión anhelante.
-Una hora. Entonces no debe haberse enterado afín de las noticias que acabo de oír en la calle. ¿Las oyó?
El hombrecito sacudió apenas la cabeza en señal de negación. Pero como no demostró curiosidad, Ossipon se atrevió a agregar que se había enterado justo antes de entrar allí.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-205
|