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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.45

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Andaba gritando, pateando y llorando. No puede soportar la idea de una crueldad. Hubiera querido acuchillar a ese ofi­cial como a un cerdo, si lo hubiera tenido a mano. ¡Es verdad, también! Hay gente que no se merece piedad. La voz de Mrs. Verloc se apagó y la expresión de sus ojos inmóviles se hizo más y más contemplativa y velada durante la larga pausa.- ¿Cómo te sientes, querido?- preguntó con voz suave, lejana-. ¿Puedo apagar la luz ahora?
La triste convicción de que para él no existía el sueño, volvía a Mr. Verloc mudo e inerte sin esperanza en su terror a la oscuridad. Hizo un gran esfuerzo.
-Sí, apágala dijo por fin con tono hueco.
IV
La mayoría de las más o menos treinta mesas, cubiertas con rojos manteles estampados de blanco, estaban alineadas sobre el oscuro piso de madera del subsuelo. Arañas de bronce can muchas lámparas colga­ban del cielo raso bajo, apenas abovedado, y los frescos recubrían todas las paredes sin ventanas, extendiéndose opacos con sus escenas de caza y una francachela medieval al aire libre; jóvenes hidalgos, vestidos con chaquetones verdes, blandían cuchillos de caza y levanta­ban grandes vasos de espumosa cerveza.
-O mucho me equivoco o usted es la persona que quisiera conocer por dentro este condenado asunto- dijo el robusto Ossipon inclinado hacia adelante, con los codos desparramados sobre la mesa y los pies recogidos bien atrás bajo la silla. Sus ojos miraban con fijeza y con salvaje ansiedad.
Una pianola, cerca de la puerta, flanqueada por dos palmeras en macetas, ejecutó de pronto y por sí misma un tiempo de vals con vir­tuosismo agresivo. El sonido era ensordecedor. Cuando paró, tan abruptamente como había empezado, el sucio hombrecito anteojudo que enfrentaba a Ossipon detrás de un grueso vaso de vidrio lleno de cerveza, emitió con calma lo que parecía una proposición general.
-En principio, lo que uno de nosotros pueda o no saber sobre un hecho dado no puede ser materia de indagación para otros.
-Así es- convino el camarada Ossipon en voz baja y tranquila. En principio.
Con su cara roja y grande sostenida entre las manos, siguió mi­rando con dureza, mientras el hombrecito sucio de anteojos tomaba serenamente un trago de cerveza y colocaba otra vez el vaso de vidrio sobre la mesa. Las grandes orejas lisas que se le salían a los costados del cráneo, parecían bastante delicadas como para que Ossipon las triturara entre el pulgar y el índice; la piel tensa de las mejillas se veía grasienta, enferma, y estaba apenas manchada por la miserable pobreza de una fina barba oscura. La lamentable humildad de todo su físico resultaba ridícula por contraste con el porte de suprema confianza en sí mismo del sujeto.


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