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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.43

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Página 43 de 205


Allá abajo, en la aquietada y estrecha calle, pasos medidos se acercaron a la casa, fueron muriendo, pausados y firmes, como si el caminante hubiera iniciado una marcha eterna, de farol en farol, en una noche sin final; y el soporífero tictac del viejo reloj del rellano de la escalera se hizo nítido y audible en el dormitorio.
Mrs. Verloc, acostada de espaldas, mirando con fijeza el cielo ra-so, observó:
-Pocas entradas, hoy.
Mr. Verloc, en la misma posición, se aclaró la garganta como si fuera a hacer una importante declaración, pero sólo preguntó:
-¿Cerraste el gas abajo?
-Sí- contestó Mrs. Verloc, concienzuda-. Ese pobre muchacho está muy excitado esta noche- murmuró después de una pausa que se prolongó por tres tictacs del reloj.
A Verloc no le importaba para nada la excitación de Stevie, pero se sentía terriblemente desvelado y lleno de miedo frente a la oscuridad y el silencio que sobreviniera tras apagar la lámpara. Ese temor lo llevó a observar que Stevie había desatendido su indicación de ir a la cama.
Mrs. Verloc, cayendo en la trampa, empezó a demostrar con prolijidad a su marido que no se trataba de «desobediencia» sino de simple «ex­citación». No había en todo Londres un muchacho de esa edad más voluntarioso y dócil que Stevie, afirmó, ninguno más gustoso de agra-dar y listo para ello, e incluso útil, siempre que la gente no le trastorna­ra la pobre cabeza. Mrs. Verloc se volvió hacia su marido, se apoyó en un codo y se inclinó sobre él en su ansiedad por hacerle entender que debía considerar a Stevie como un miembro útil dentro de la familia. Esa ardorosa compasión protectora, exaltada de modo malsano en la niñez, frente a la miseria de otra criatura, tiñó sus mejillas pálidas con un fuerte rubor, hizo brillar sus grandes ojos por debajo de los párpa­dos oscuros. Y entonces Mrs. Verloc parecía más joven; tan joven como aquella Winnie y se le veía una animación mayor que la que la Winnie de la época de la risa de Belgravia se hubiera permitido frente a los caballeros huéspedes. Las ansiedades de Mr. Verloc le impedían otorgar algún sentido a las palabras de su esposa. Era como si la voz de ella hablara desde el otra lado de un muro muy grueso. Pero su aspecto volvió a Verloc a la realidad.
Apreciaba a esta mujer y su aprecio, removido por algo que se pa­recía a la emoción, sólo agregó otra congoja más a su angustia. Cuando la voz de ella se silenció, se movió con dificultad y le dijo:
-No me he sentido bien en estas últimos días.
-Tal vez había dicho esto como introducción a una confidencia total; pero Mrs.


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