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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.42

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-No sé cómo manejarlo- explicó Mr. Verloc con malhumor, no se lo puede dejar abajo, solo, con las luces.
Ella no contestó, se deslizó con rapidez por el cuarto y la puerta se cerró por detrás de su forma blanca.
Mr. Verloc depositó la caja sobre la mesa de noche y comenzó la operación de desvestirse tirando su sobretodo en una silla alejada. Siguieron el saco y el chaleco. Caminó alrededor del cuarto, en medias, y su figura corpulenta, las manos restregando atormentadas la garganta, pasaba una y otra vez por el espejo de la puerta del ropero de su mujer. Luego, después de mover la falleba, empujó con violencia las persianas y apoyó la frente contra el vidrio frío: una frágil lámina de vidrio le­vantada entre él y la inmensidad de fríos, negros, húmedos, embarrados e inhospitalarios montones de ladrillos, tejas y piedras, cosas de por sí desagradables e inamistosas para el hombre.
Mr. Verloc sentía la enemistad latente de todo el mundo exterior con una fuerza cercana a una angustia corporal rotunda. No hay ocupa­ción que frustre más completamente a un hombre que la de agente secreto de policía. Es como si de pronto el caballo quedara muerto bajo su jinete en medio de una llanura deshabitada y árida. La comparación se le ocurrió a Verloc porque en sus tiempos se había sentado a horca­jadas de unos cuantos caballos del ejército y ahora tenía la sensación de una caída incipiente. La perspectiva era tan negra como el vidrio de la ventana contra la que había reclinado la frente. Y de pronto la cara de Mr. Vladimir, afeitada y sarcástica, surgió nimbada por la fosfores­cencia de su tez rosada, como una especie de sello rojizo impreso en la negrura fatal.
Esa luminosa y mutilada visión fue tan físicamente horrenda que Mr. Verloc se apartó de la ventana cerrándola con un sordo chirrido. Turbado y sin palabras por el temor de más visiones como ésa, vio entrar otra vez a su mujer y acostarse de un modo calmoso y sistemáti­co, que lo hizo sentirse solo y sin esperanza en el mundo. Mrs. Verloc expresó su sorpresa al verlo aún levantado.
-No me siento muy bien- murmuró él, pasando sus manos por las sienes húmedas.
-¿Mareos?
-Sí. No estoy nada bien.
Mrs. Verloc, plácida como una esposa experimentada, expresó una opinión confidencial sobre la causa y sugirió los remedios habi­tuales; pero su marido, que había echado raíces en mitad de la habita­ción, sacudió la cabeza gacha, con tristeza.
-Te vas a resfriar parado ahí- observó la mujer.
Mr. Verloc hizo un esfuerzo, terminó de desvestirse y se metió en la cama.


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