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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.41

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¿Qué significa esta travesura? Miró dubitativo a su cuñado, pero no le pidió explicaciones. La relación de Mr. Verloc con Stevie se limitaba a un casual refunfuño mañanero, después del desayuno, en el que las pala­bras «mis botas» indicaban más una necesidad que una orden directa o un pedido. Con cierta sorpresa, Mr. Verloc comprendió que, en rigor, no sabía qué decir a Stevie. Por un momento se quedó parado en mitad de la trastienda, y miró en silencio hacia la cocina. Ni siquiera así supo qué podía pasar si dijera algo. Y la cosa le pareció muy anormal a Mr. Verloc, a quien se le planteó de pronto que él debía mantener también a este sujeto. Nunca, hasta entonces, había pensado ni por un momento en ese aspecto de la existencia de Stevie.
De hecho no sabía cómo hablarle al muchacho. Lo observó gesti­culando y murmurando en la cocina. Stevie pegaba vueltas alrededor de la mesa como un animal excitado en su jaula. Un tentativo ¿no sería mejor que fueras a la cama ahora? no produjo ningún efecto y Mr. Verloc dejó la inmóvil contemplación del accionar de su cuñado, y cruzó la trastienda lleno de hastío, con la caja del cambio en la mano. Como la causa de la lasitud general que sentía al subir las escaleras era de naturaleza mental pura, se alarmó por su carácter inexplicable. Es­peraba no enfermarse de nada raro. Se detuvo en el oscuro rellano para examinar sus sensaciones. Pero un débil y continuo ronquido atrave­sando la oscuridad interfería como un toque de atención. El sonido provenía del cuarto de su suegra. Otra más para mantener, pensó. Y con ese pensamiento se encaminó a su habitación.
Mrs. Verloc se había quedado dormida con el quinqué (no se ha­bía instalado gas en el piso superior) encendido sobre la mesa de no­che. A través de la pantalla trasparente la luz caía sobre la almohada blanca, hundida por el peso de la cabeza que descansaba, con los ojos cerrados y el pelo recogido en varias trenzas para la noche, la mujer se despertó con el sonido de su nombre en los oídos y vio a su marido inclinado sobre ella.
-¡Winnie, Winnie!
En el primer momento no llegó a despertarse y permaneció muy tranquila mirando la caja que Mr. Verloc traía en la mano. Pero cuando comprendió que su hermano estaba «traveseando allá abajo», con un rápido movimiento se sentó en el borde de la cama. Sus pies desnudos, emergiendo del fondo de una bolsa de algodón, con mangas, sin ador­nos y abotonada en el cuello y las muñecas, cayeron sobre la alfombra buscando las chinelas mientras ella observaba la cara de su marido.


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