El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.40
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Hay también naturalezas para cuyo sentido de la justicia el precio exigido resulta monstruosamente enorme, odioso, opresivo, lacerante, humillante, extorsivo, intolerable. Estos son los fanáticos. El resto de los rebeldes sociales se explica a través de la vanidad, madre de todas las ilusiones, nobles y viles, compañera de poetas, reformadores, charlatanes, profetas e incendiarios.
Perdido durante un minuto entero en el abismo de la meditación, Mr. Verloc no penetró la profundidad de estas consideraciones abstractas. Tal vez no era capaz de ello. En todo caso, no tenía tiempo. Se sentía penosamente compelido por el recuerdo repentino de Mr. Vladimir, otro de sus socios, al que en virtud de sutiles afinidades morales era capaz de juzgar en forma correcta. Lo consideraba peligroso. Una sombra de envidia se deslizó hasta sus pensamientos. Holgazanear estaba muy bien para esos tipos, que no conocían a Mr. Vladimir y tenían mujeres que los mantenían; en cambio, él tenía una mujer por la que preocuparse...
En este punto, por simple asociación de ideas, Mr. Verloc se vio enfrentado con la necesidad de ir a la cama en algún momento de esa noche. Entonces ¿por qué no ir ya, ya mismo? Suspiró. La necesidad no era todo lo grata que tendría que haber sido para un hombre de su edad y carácter. Le tenía miedo al demonio del insomnio que- bien lo sentía- se había adueñado de él. Levantó el brazo y apagó el mechero de gas que brillaba por encima de su cabeza.
Una clara línea de luz atravesó la puerta de la trastienda y llegó hasta detrás del mostrador, en el negocio. Y esto llevó a Mr. Verloc a comprobar de una mirada cuántas monedas de plata había en la caja. Eran bien pocas; por primera vez desde que había abierto el negocio, hizo un balance comercial de su valor. Este balance fue desfavorable. Se había metido en el negocio por razones no comerciales. En la selección de su peculiar rubro le había servido de guía una propensión instintiva a las transacciones oscuras, en las que se obtiene dinero con facilidad. Además, no tenía que salirse de su propia esfera: la que es vigilada por la policía. Por el contrario, el negocio le otorgaba una posición pública y confesa en esa esfera, y como Mr. Verloc tenía relaciones inconfesas que lo habían hecho conocedor de esa policía aún descuidada, una situación semejante le daba clara ventaja. Pero como medio de sustento, por supuesto, el negocio era insuficiente.
Sacó la caja del cambio fuera del cajón y al volverse para dejar el negocio se dio cuenta de que Stevie todavía estaba levantado.
¿Qué diablos está haciendo aquí?-, se preguntó Mr. Verloc.
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