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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.39

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A la luz de la filosofía que Mr. Vladimir sustentaba con res­pecto al hecho de tirar bombas, ellos se le mostraron como frívolos desahuciados. El papel de Mr. Verloc en la política revolucionaria había sido tan sólo el de observador, de modo que no podía asumir de inmediato, ni en su casa ni en asambleas numerosas, la iniciativa de la acción. Tenía que ser cauto. Movido por la justa cólera de un hombre que ya ha sobrepasado los cuarenta, amenazado en lo que le era más que su reposo y su seguridad, se preguntaba a sí mismo con desdén qué más podía haber esperado de semejantes tipos: ese Karl Yundt, ese Michaelis... ese Ossipon.
Se detuvo en el ademán de apagar la lámpara de gas que ardía en mitad del negocio y descendió a los abismos de las reflexiones mora­les. Con el criterio que le otorgaba su temperamento afín al de los enjuiciados, pronunció su veredicto. Un montón de haraganes... ese Karl Yundt, mantenido por una vieja legañosa, a la que años atrás había robado del lado de un amigo y luego, más de una vez, había tratado de tirar a la calle. Fue una suerte extraordinaria para Yundt que ella volviese una y otra vez ya que, de lo contrario, ahora no tendría a nadie que lo ayudara a transitar por los caminos del Green Park, donde ese espectro realizaba cada mañana de sol su saludable caminata. Cuando la indomable bruja rezongona muriese, el fantasma fanfarrón también se desvanecería; ése sería un buen final para el vehemente Karl Yundt. Y la moralidad de Mr. Verloc también se sentía ofendida por el optimismo de Michaelis, unido a su vieja ricachona, que había tomado la costumbre reciente de enviarlo a una quinta que ella tenía en el campo. El ex prisionero podía pasearse por los senderos sombríos, durante muchos días seguidos, en medio de una deliciosa y filantrópica ociosidad. Como Ossipon, ese pordiosero que estaba seguro de no pasar necesidades mientras hubiera en el mundo muchas tontas con libretas de ahorro. Y Mr. Verloc, idéntico a sus socios por tempera­mento, delimitaba en su mente prolijas diferencias sobre la validez de insignificantes desemejanzas. Y las dibujaba con cierta complacencia, porque el instinto de la respetabilidad convencional era fuerte dentro de él y sólo superado por su desagrado ante toda clase de trabajo obli­gatorio: un defecto temperamental que él atenuaba mezclándolo con una amplia proporción de innovaciones, revolucionarias si se las rela­ciona con un estado social básico. Es evidente que nadie se insurrec­ciona contra las ventajas y oportunidades que esa situación proporcio­na, sino contra el precio que por ellas haya que pagar en moneda de moralidad consagrada, autorrepresión y trabajo. La mayoría de los revolucionarios son enemigos de la disciplina y la fatiga, en particular.


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