El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.38
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Esto es el enunciado de una ley y no una profecía vacua.
La trompa desdeñosa de los labios carnosos del camarada Ossipon acentuó el tipo negroide de sus facciones.
-Sinsentidos- dijo, bastante calmo-. No hay ley ni seguridad. La propaganda esclarecedora tiene que ser ahorcada. Lo que el pueblo sabe no interesa. Lo único que nos interesa es la situación emocional de las masas. Sin emoción no hay acción.
Hizo una pausa, luego agregó con modesta firmeza:
-Le estoy hablando ahora científicamente... científicamente, ¿eh? ¿qué decía, Verloc?
-Nada- gruñó desde el sillón Mr. Verloc que, provocado por el repugnante vocablo, había murmurado tan sólo «maldito sea».
El balbuceo venenoso del viejo terrorista desdentado tenía un oyente.
-¿Sabe cómo llamaría yo a la naturaleza de las condiciones económicas actuales? La denominaría canibalista.
¡Eso es lo que es! Ellos satisfacen su voracidad con la carne temblorosa y la sangre caliente del pueblo, y nada más.
Stevie trasegaba, y en forma bien audible, la terrorífica exposición; una vez terminada, de inmediato, como si el muchacho hubiera tomado un veneno de efecto rápido, se fue cayendo fláccidamente hasta quedar en posición de sentado sobre los escalones de la puerta de la cocina.
Michaelis no dio signos de haber oído nada. Sus labios parecían pegados entre sí para siempre; ni un estremecimiento le sacudía las pesadas mejillas. Con ojos afligidos buscó su redondo, tosco sombrero y lo puso sobre su redonda cabeza. Su redondo y obeso cuerpo parecía flotar abajo, entre las sillas, por debajo del codo flexionado de Karl Yundt. El viejo terrorista, levantando una mano insegura que recordaba una garra, dio una inclinación fanfarrona al sombrero negro de fieltro, que ensombreció los huecos y arrugas de su rostro consumido. Se puso en movimiento con lentitud, golpeando el piso con su bastón a cada paso. Era todo un problema sacarlo de la casa porque a cada momento se detenía como si estuviera pensando, y no se decidía a moverse hasta que Michaelis lo empujaba desde atrás. El gentil apóstol lo tomó del brazo con cuidado fraternal; detrás de ellos, con las manos en los bolsillos, el robusto Ossipon bostezaba vagamente. Una gorra azul con la copa de charol, puesta bien atrás por encima de su mata amarilla de pelo, le daba el aire de un marinero noruego, indulgente con el mundo después de una borrachera borrascosa. Mr. Verloc acompañó hasta afuera a sus huéspedes, con la cabeza descubierta, el pesado abrigo colgando desabotonado, los ojos fijos en el suelo.
Cerró la puerta por detrás de ellos, con violencia reprimida, dio una vuelta a la llave y corrió el pasador. No estaba satisfecho con sus amigos.
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