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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.36

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.. la hermosa herramienta para marcar a fuego, inventada por los que tienen la panza llena para autoprotegerse de los que tienen hambre? ¿Marcas a fuego en la piel de los villanos, eh? ¿Pueden oler y oír desde aquí cómo se quema y chirría el pellejo grueso del pueblo? Así fabrican criminales sus Lombrosos, para escribir sus estupideces al respecto.
La empuñadura del bastón y sus piernas se chocaban con pasión, mientras que su tronco, envuelto en los pliegues de la cogotera, mante­nía su histórica actitud de desafío. Parecía ventear el aire corrupto de crueldad social, estar sometiendo sus oídos a sonidos atroces. En su postura había una extraordinaria fuerza de sugestión. El poco menos que moribundo veterano de la guerra dinamitera había sido, en sus tiempos, un gran actor... actor de tribunas, de asambleas secretas, de entrevistas privadas. Jamás en su vida el famoso terrorista había le­vantado personalmente ni siquiera su dedo meñique contra el edificio social. No fue hombre de acción; tampoco fue orador de elocuencia caudalosa, ni arrastró consigo a las masas entre el estrépito torrencial y la espuma de un gran entusiasmo. Con una intencionalidad más sutil, se adjudicó el papel de un insolente y venenoso evocador de impulsos siniestros que acechara el medio de la ciega envidia y la vanidad exas­perada de la ignorancia, entre el sufrimiento y la miseria de la pobreza, en medio de todas las ilusiones esperanzadas y nobles de la cólera justa, la piedad y la rebeldía. La sombra de su don maligno se le pega­ba como un olor de droga letal en una vieja redoma de ponzoña, vacía y fuera de uso ahora, lista para ser tirada al montón de basura adonde van a dar las cosas que ya prestaron su servicio.
Michaelis, el apóstol de la libertad condicional, sonrió vagamente con sus labios viscosos; su pastosa cara de luna llena se inclinó bajo el peso de un asentimiento melancólico. Lo mismo había estado prisione­ro. Su propia piel había chirriado bajo la marca al rojo vivo, murmuró con suavidad. Pero el camarada Ossipon, apodado el Doctor, se había salvado del inconveniente.
-Usted no entiende- comenzó éste, lleno de desdén, pero se detu­vo de inmediato, intimidado por la mortal negrura de los ojos caverno­sos de la cara que se volvió hacia él con lentitud, con una expresión ciega, como si sólo el sonido la guiara. Abandonó la discusión, con un ligero encogimiento de hombros.
Stevie, acostumbrado a moverse sin que nadie, casi, lo vigilara, se había levantado de la mesa de la cocina, Ilevándose los dibujos a la cama. Había llegado a la puerta de la trastienda a tiempo para recibir el impacto de las elocuentes imágenes de Karl Yundt.


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