El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.35
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Regresó pronunciando de modo oracular:
-Muy bien. Muy característico, perfectamente típico.
-¿Qué es lo que está muy bien?- gruñó inquisitivamente Mr. Verloc, apostado de nuevo en la punta del sofá. El otro explicó con negligencia lo que había querido decir; matizando de condescendencia sus palabras, sacudió la cabeza en dirección a la cocina:
-Típico de esa forma de degeneración... quiero decir, esos dibujos.
-¿Usted llamaría degenerado a ese muchacho?- musitó Mr. Verloc.
El camarada Alexander Ossipon apodado el Doctor, ex estudiante de medicina, no graduado; a continuación, conferencista ambulante para las asociaciones obreras sobre temas relacionados con los aspectos sociales de la higiene; autor de un popular estudio casi médico (publicado como panfleto barato, pronto objeto de secuestro policial) titulado Los vicios corrosivos de las clases medias; delegado especial del más o menos misterioso Comité Rojo, junto con Karl Yundt y Michaelis, para el trabajo de literatura de propaganda- volvió hacia el oscuro frecuentador de por lo menos dos embajadas esa mirada de insufrible, desesperanzada y densa seguridad que sólo la frecuentación de la ciencia puede otorgar a los mortales comunes y corrientes.
-Así es como se lo puede denominar científicamente. Un tipo muy bueno, también, en conjunto, de esa clase de degenerado. Basta observar los lóbulos de sus orejas. Si usted lee a Lombroso...
Mr. Verloc, taciturno y arrellanado en el sillón, siguió mirando la hilera de botones de su chaleco; pero sus mejillas se tiñeron de un débil rubor. Desde hacía muy poco el más lejano derivado de la palabra ciencia (un término inofensivo en sí mismo y de significado indefinido) tenía el curioso poder de evocar la muy definidamente ofensiva visión de Mr. Vladimir, de cuerpo entero, con una claridad casi sobrenatural. Y este fenómeno, digno de ser clasificado, con toda justicia, entre las maravillas de la ciencia, inducía a Mr. Verloc a un estado emocional de espanto y exasperación, tendiente a expresarse mediante violentos juramentos. Pero no dijo nada. Karl Yundt, implacable hasta su último aliento, fue quien se hizo oír.
-Lombroso es un burro.
El camarada Ossipon salió al encuentro de esa blasfemia con una mirada abrumadora y vacía. Y el otro, sus ojos extinguidos sin destellos ennegreciendo las sombras profundas por debajo de la amplia, huesuda frente, barbotó enredando entre sus labios la punta de la lengua palabra por medio, como si la estuviera masticando con cólera:
-¿Se ha visto alguna vez un idiota tal? Para él, el criminal es el preso. ¿Simple ¿no? ¿Qué, pasa con aquel a quien encierran por la fuerza? Exactamente. Por la fuerza. Y ¿qué es el crimen? ¿No sabe ese imbécil que hizo su camino en este mundo de cerdos atiborrados mirando las orejas y los dientes de un montón de pobrecitos, desafortunados diablos? ¿Los dientes y las orejas revelan al criminal? ¿Sí? ¿Y qué pasa con la ley que los marca mucho mejor.
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