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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.34

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Michaelis seguía con su idea- la idea de su reclusión solitaria-, ese pensamiento otorgado a su cautiverio y que fue creciendo como una fe revelada en visiones. Hablaba de sí mismo, indiferente a la sim­patía u hostilidad de sus oyentes, de veras indiferente a la presencia de ellos, por la costumbre adquirida de pensar en voz alta, lleno de espe­ranza, en la soledad de las cuatro paredes blancas de su celda, en medio del silencio sepulcral de una enorme mole ciega de ladrillos junto al río, siniestra y horrible como un osario para los muertos sociales.
No era bueno para discutir, no porque algún argumento pudiera sacudir su fe, sino porque el mero hecho de oír otra voz lo perturbaba penosamente, confundiendo de inmediato sus pensamientos... esos que por tantos años, en una soledad mental más estéril que un desierto sin agua, ninguna voz viviente había rebatido, contentado o aprobado.
Nadie lo interrumpía ahora y una vez más hizo profesión de su fe, que lo dominaba, irresistible y completa como un acto de gracia: el secreto del destino descubierto en el ámbito material de la vida; la situación económica del mundo responsable del pasado y plasmadora del futuro; la fuente de toda la historia, de toda ideología, guía del desarrollo mental de la humanidad y real impulsora de sus pasiones...
Una áspera risotada del camarada Ossipon cortó la perorata, que se había estancado en un tartamudeo repentino y un aturdido parpadeo de los ojos apenas exaltados del apóstol, quien los cerró por un mo­mento, como si estuviera reuniendo sus pensamientos desbaratados. Se hizo un silencio; con las dos lámparas de gas sobre la mesa y las brasas del hogar, la trastienda del negocio de Mr. Verloc se había puesto en exceso cálida. Mr. Verloc, abandonando el sofá con tedioso desgano, abrió la puerta que comunicaba con la cocina, para que corriera un poco más de aire y así descubrió al inocente Stevie, sentado a la mesa, muy juicioso y tranquilo, dibujando círculos, círculos, círculos; innu­merables círculos, concéntricos, excéntricos; un remolino coruscante de círculos que, por su maraña multitudinaria de curvas repetidas, su uniformidad y la confusión de sus intersecciones sugería la representa­ción de un caos cósmico, el simbolismo de un arte loco que tratara de traducir lo inconcebible. El artista no volvió la cabeza: toda su alma puesta en la aplicación a su tarea, con la espalda estremecida y el del­gado cuello hundido en un hueco profundo en la base del cráneo, pare-cía preparado para estallar.
Mr. Verloc, luego de un gruñido de sorpresa desaprobatoria, vol­vió al sillón. Alexander Ossipon se puso de pie, alto en su raído traje azul de sarga, se sacudió la rigidez de una larga inmovilidad y caminó hacia la cocina (dos escalones más baja) para mirar por encima del hombro de Stevie.


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