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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.33

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Página 33 de 205


Mr. Verloc, sentado en un rincón del sofá en la otra punta de la habitación, emitió dos cordiales gruñidos de asentimiento.
Yundt movió con lentitud la cabeza, asentada en un cuello flaco, de un lado al otro.
-Y nunca pude encontrar más de tres hombres de esa clase juntos. Demasiado para su pesimismo putrefacto- bufó en la cara de Michaelis, que descruzó sus gordas piernas parecidas a almohadones, y restregó los pies con estrépito por debajo de su silla para demostrar su exaspe­ración.
¡Pesimista él! ¡Absurdo! Gritó que la acusación era ultrajante. Él estaba tan lejos del pesimismo que veía ya mismo el fin de toda pro­piedad privada, desprendiéndose con lógica ineluctable del simple desarrollo de los vicios que le eran inherentes. Los dueños de propie­dades no sólo tenían que enfrentar al proletariado esclarecido, sino que además peleaban entre ellos mismos. Sí. Lucha, guerra, eran las alter­nativas de la posesión privada. Era fatal. ¡Ah! él no dependía de la excitación emotiva para mantener en alto sus creencias, ni de declama­ciones, ni de la ira, ni de visiones de rojas banderas ensangrentadas ondulando, ni de cárdenos y metafóricos soles de venganza iluminando el horizonte de una sociedad condenada. ¡No él! El frío raciocinio, alardeó, era la base de su optimismo. Sí, optimismo...
Sus penosos resuellos cesaron, luego, después de uno o dos ja­deos, añadió:
-¿No le parece que, de no ser el optimista que soy, hubiera en­contrado en quince años alguna manera de cortarme el cuello? Y, en última instancia, estaban las paredes de mi celda para romperme la cabeza contra ellas.
La falta de aliento empañó todo fuego y toda animación en su voz; las enormes, pálidas mejillas le colgaban como bolsas repletas, inmóviles, sin un solo estremecimiento; pero en sus ojos azules, entre­cerrados como para escudriñarlo todo, había la misma mirada segura, un poco demencial en su fijeza, que debió haber mientras el indomable optimista permanecía sentado, pensando, durante las noches de prisión. Ante él, Karl Yundt permanecía de pie, con una punta de su descolori­da cogotera verdosa cayendo altiva sobre los hombros. Sentado frente a la chimenea, el camarada Ossipon, ex estudiante de medicina, el prin­cipal redactor de los panfletos del F. P., extendía sus robustas piernas para calentar las suelas de sus zapatos con las brasas de la chimenea.
Una mata de pelo rubio, ondulado, coronaba la cara roja y pecosa; la nariz aplastada y la boca prominente parecían vaciadas en un molde tosco de tipo negroide. Sus ojos almendrados miraban de soslayo, con languidez, por encima de los pómulos salientes. Llevaba puesta una camisa gris de franela, las puntas sueltas de una corbata negra de seda caían por encima de la abotonadura de su saco de sarga; su cabeza descansaba en el respaldo de la silla, dejando la garganta expuesta en toda su amplitud; de a ratos levantaba hasta sus labios un cigarrillo engastado en una larga boquilla de madera y arrojaba bocanadas de fumo hacia el cielo raso.


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