El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.32
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Acababa de salir de una muy higiénica prisión, redondo como un barril, con una panza enorme y las mejillas infladas, pálidas, semitransparentes, como si durante quince años los sirvientes de una sociedad ultrajada se hubieran esmerado en rellenarlo con comidas sustanciosas en una cueva húmeda y sin luz. Y desde entonces no se había preocupado por bajar mucho más que una libra de peso.
Se decía que por tres temporadas consecutivas una vieja dama riquísima lo había enviado a curarse a Marienbad- donde una vez casi llegó a compartir la curiosidad pública con una cabeza coronada-, pero la policía en esa ocasión le ordenó irse en el término de doce horas. Su martirio continuó con la prohibición de todo acceso a las zonas de aguas curativas. Pero ahora estaba resignado.
El codo de Michaelis descansaba en el respaldo de la silla y no parecía tener articulación: recordaba, mas bien, la curva de un miembro postizo; apoyado en sus cortos y enormes muslos, se adelantó apenas para escupir en la chimenea.
-¡Sí! Tuve tiempo para pensar un poquito en estas cosas- agregó sin énfasis-. La sociedad me dio tiempo en abundancia para la meditación.
Al otro lado de la chimenea, en el sillón tapizado con tela de crin que, por lo general, tenía el privilegio de ocupar la madre de Mrs. Verloc, Karl Yundt sonreía, torvo, con la débil mueca negra de una boca desdentada. El terrorista, como solía llamarse a sí mismo, era viejo y calvo, y del mentón le colgaba, ralo y lacio, el mechón níveo de su pera. Una extraordinaria expresión de malevolencia solapada sobrevivía en sus ojos debilitados. Al incorporarse penosamente, se impulsó hacia delante, tanteando, con una flaca mano deformada de protuberancias gotosas; el gesto sugirió los esfuerzos de un asesino moribundo que juntara sus últimos bríos para la puñalada final. Se ahoyó entonces en un grueso bastón que temblaba bajo su otra mano.
-Siempre he soñado- vociferó con ferocidad con un grupo de hombres independientes, en sus resoluciones para desechar escrúpulos en la elección de los medios, tan fuertes como para merecer a ojos vistas el título de destructores, libres de la mancha de ese pesimismo conformista que pudre al mundo. Sin piedad para nada sobre la tierra, ni siquiera para ellos mismos, con la muerte enrolada para el bien y todo al servicio de la humanidad: eso es lo que me hubiera gustado ver.
La cabeza calva se estremecía impartiendo una vibración cómica al mechón de su pera blanca. Su discurso hubiera resultado casi ininteligible para un extraño. La pasión gastada del viejo terrorista, parecido por su impotente fiereza a la excitación de un viejo sensual, no se conjugaba con una garganta reseca y encías huérfanas de dientes, que parecían esconder la punta de la lengua.
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