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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.31

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Ambas mujeres admitían que no se podía esperar mucho más, que no sería razonable. Y era suficiente para que Mr. Verloc se ganara la gratitud reverencial de la vieja mujer. En los prime­ros tiempos, escéptica por las desdichas de una vida sin amistades, solía preguntar con ansiedad:
-¿No crees, hija, que Mr. Verloc se está cansando de ver a Stevie rondando, por aquí?
A esto Winnie, por lo general, replicaba con un ligero sacudi­miento de cabeza. Una vez, sin embargo, respondió con expresión atrevida:
-Primero tendrá que cansarse de mí-. Siguió un largo silencio. La madre, con los pies apoyados en un banquito, parecía tratar de sondear el sentido de esa respuesta, cuya femenina profundidad la había postra­do mentalmente. En rigor, nunca había comprendido por qué Winnie se había casado con Mr. Verloc. Era un buen arreglo para ella, y por cierto que los resultados eran excelentes, pero su hija podría haber esperado encontrar a alguien de edad más acorde con la suya. Hubo un muchacho formal y joven, hijo único de un carnicero de la otra cuadra, que ayudaba a su padre en su negocio; con él Winnie había paseado con evidente complacencia. Es cierto que el joven era dependiente de su padre, pero el negocio era bueno y las perspectivas mejores. Ade­más había invitado a su hija al teatro varias veces. Luego, cuando em­pezó a tener miedo de enterarse del compromiso- porque ¿qué hubiera podido hacer sola con esa enorme casa y Stevie bajo su responsabili­dad?-, ese romance llegó a un final abrupto y Winnie anduvo por ahí, con la mirada tristísima. Pero Mr. Verloc apareció, providencial, para alojarse en el dormitorio del frente del primer piso y no se habló más del joven carnicero. Fue providencial, a todas luces.
III
«...Toda idealización empobrece la vida. Embellecerla es quitarle su carácter complejo, es destruirla. Deja eso a los moralistas, hijo mío. La historia es hecha por los hombres, pero no se hace en sus mentes. Las ideas que nacen en sus conciencias juegan un papel insignificante en la marcha de los sucesos. La historia está dominada y determinada por la maquinaria y la producción: por la fuerza de las condiciones económicas. El capitalismo ha engendrado al socialismo, y las leyes dictadas por el capitalismo para la protección de la propiedad son la causa del anarquismo. Nadie puede predecir qué forma irá a tornar en el futuro la organización social. ¿Por qué, entonces, entregarse a fanta­sías proféticas? A lo sumo podrían ser expresión del pensamiento de un profeta y no tendrían valor objetivo. Deja ese pasatiempo a los mora­listas, hijo mío.»
Michaelis, el apóstol de la libertad condicional, estaba hablando con voz apacible, una voz que silbaba como amortiguada y oprimida por las capas de grasa que rodeaban su pecho.


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