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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.30

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De chica muchas veces se había enfrentado con ojos llameantes al irasci­ble hotelero, en defensa de su hermano.
Ahora, en el aspecto de Mrs. Verloc, nada hacía pensar que esa mujer era capaz de una demostración apasionada.
Winnie terminó de preparar la comida. La mesa estaba puesta en el salón. Se acercó al pie de la escalera y llamó:
-¡Madre!
Luego, abriendo la puerta vidriera que comunicaba con el nego­cio, dijo suavemente:
-¡Adolf!
Mr. Verloc no había cambiado de posición; en apariencia no se había movido ni un milímetro en una hora y media; se levantó con pesadez y fue a comer con el sobretodo y el sombrero puestos, sin decir una sola palabra. En sí, su silencio no tenía nada de alarmante o inusual para la familia oculta en las sombras de esa sórdida calleja, pocas veces tocada por el sol, letras del oscuro negocio con sus merca­derías, unas basuras despreciables. Pero ese día la taciturnidad de Mr. Verloc estaba tan evidentemente llena de pensamientos, que las dos mujeres se sintieron impresionadas. Se habían sentado silenciosas, con un ojo atento puesto en el pobre Stevie, con miedo de que el chico cayera en uno de sus accesos de locuacidad. Sentado al otro lado de la mesa, frente a Mr. Verloc, Stevie se mantenía tranquilo y callado, con la mirada fija y vacía. El esfuerzo por impedir que Stevie fuera objeto de alguna queja por parte del jefe de familia ponía no poca ansiedad en la vida de esas dos mujeres. «Este muchacho», como lo llamaban be­névolas al hablar entre sí, había sido motivo de esa clase de ansiedad desde el día mismo de su nacimiento. El difunto hotelero y expendedor de licores se había sentido humillado al tener tan peculiar criatura por hijo y lo había manifestado en su propensión al trato brutal; porque se trataba de una persona de fina sensibilidad, y su sufrimiento como hombre y como padre era perfectamente genuino. Después hubo que cuidar a Stevie para que no se convirtiera en fastidio para ninguno de los caballeros hospedados en la casa, que de por sí eran bastante raros y se sentían agraviados con facilidad. Y siempre había que enfrentar la ansiedad de la casera existencia del muchacho. Visiones de un hospicio para su hijo habían obsesionada a la vieja señora en el comedor de la planta baja de la deteriorada casa belgraviana.
-Si no hubieras encontrado tan excelente marido, querida- solía decir a su hija- no sé qué hubiera pasado con este pobre muchacho.
Mr. Verloc admitía a Stevie tanto como un hombre no afecto en particular a los animales podría soportar al gato bienamado de su mu­jer; esa tolerancia, benevolente y superficial, era, en esencia, de la misma categoría.


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