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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.29

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Página 29 de 205


Verloc, mientras salía, pesado, de la habitación, som­brero y bastón en la mano. La puerta se cerró.
El lacayo de los calzones apareció de pronto en el corredor e indi­có a Mr. Verloc otro camino de salida, a través de una puertita que daba a un rincón del patio. El portero que cuidaba la entrada principal desconocía por completo esa salida; Mr. Verloc rehizo el trayecto de su peregrinaje matinal como en un sueño: un sueño iracundo. Esa separa­ción del mundo material fue tan completa que, aunque la envoltura mortal de Mr. Verloc no se dio indebida prisa a través de las calles, esa parte de él mismo- a la que sólo con rudeza injusta se le podría negar la inmortalidad- se encontró de inmediato en la puerta del negocio, como si hubiese sido llevada desde el oeste hasta el este en alas de un fuerte viento. Se fue derecho detrás del mostrador y se sentó en una silla de madera que había allí. Nadie apareció a turbar su soledad. Stevie, den­tro de un delantal verde de algodón, estaba en ese momento barriendo y sacudiendo el polvo en el piso de arriba, atento y consciente como si estuviese jugando, Mrs. Verloc, advertida por el sonido de la campani­lla rajada, mientras estaba en la cocina, sólo se había acercado hasta la puerta vidriera del salón, había corrido la cortina apenas y atisbado dentro del negocio oscuro. Al ver a su marido sentado allí, sombrío y corpulento, con el sombrero, echado atrás, se volvió de inmediato a sus hornallas. Una hora mas tarde le quitó el delantal verde a su hermano Stevie y le ordenó que se lavara las manos y la cara, con el tono pe­rentorio que venía usando desde hacía unos quince años, desde el mo­mento en que había dejado de lavar ella misma al muchacho. A los pocos minutos la mujer dedicaba, desde sus platos, una mirada vigi­lante a la cara y las manos que Stevie, parado junto a la mesa de la cocina, le mostraba para su aprobación, con un aire de confianza en sí mismo, pantalla de perpetuos residuos de ansiedad. Formalmente, la ira del padre era la suprema y efectiva sanción de estos ritos, pero la pla­cidez de Mr. Verloc en la vida doméstica hacía increíble incluso para el nerviosismo del pobre Stevie la sola mención de la ira. La teoría era que Mr. Verloc se podría llegar a sentir profundamente apenado y molesto por cualquier falta en cuanto a limpieza a la hora de la comida. Después de la muerte de su padre, Winnie encontró un buen motivo de consuelo en la idea de que ya no necesitaba temblar por el pobre Ste-vie. No soportaba ver que pegaran al muchacho: eso la enfurecía.


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