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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.28

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Esta sugerencia perfectamente gratuita hizo que Mr, Verloc mo­viera apenas sus pies.
-¿Y todo el grupo de Lausana? ¿No es que se han reunido aquí a la primera noticia de la Conferencia de Milán? Éste es un país absurdo.
-La cosa va a costar plata dijo Mr, Verloc como por instinto.
-El gallito no quiere pelear- replicó Mr. Vladimir, con un asom­broso acento inglés genuino. Se le dará su guita de todos los meses y nada más hasta que pase algo. Y si muy pronto no pasa nada, ni siquie­ra se le dará eso. ¿Cuál es su ocupación aparente? ¿De qué se supone que vive?
-Tengo un negocio- contestó Verloc.
-¡Un negocio! ¿Qué tipo de negocio?
-Librería, diarios. Mi mujer...
-¿Su qué?- interrumpió Vladimir con su entonación gutural cen­troasiática.
-Mi mujer- elevó apenas su voz ronca Mr. Verloc-. Soy casado.
-¡Maldito cuento chino!- exclamó el otro con sincero asombro-. ¡Casado! ¡Usted, un anarquista confeso! ¿Qué clase de idiotez es ésa? Me supongo que es sólo un modo de decir. Los anarquistas no se ca-san, ya se sabe. No pueden. Sería cometer apostasía.
-Mi mujer no es anarquista- farfulló Mr. Verloc con malhumor-. Además, esto no le concierne.
-Por supuesto que sí- estalló Mr. Vladimir. Estoy empezando a convencerme de que usted no es ni por asomo el hombre para el tipo de trabajo que le han encargado. ¿Por qué se tuvo que desacreditar por completo en su propio mundo casándose? ¿No se las podía arreglar sin matrimonio? Una unión virtuosa ¿eh? Con compromisos de este tipo usted está destruyendo su utilidad.
Mr. Verloc hinchó los carrillos, dejó escapar el aire con violencia y eso fue todo. Se había armado de paciencia; el asunto no iba a exas­perarlo mucho tiempo más. De pronto, el Primer Secretario se mostró conciso, distinto, final.
-Ahora puede irse. Hay que provocar un atentado dinamitero. Le doy un mes. Las sesiones de la Conferencia están suspendidas. Antes de que se vuelva a reunir tendrá que haber pasado algo aquí, o su cone­xión con nosotros se termina.
Una vez mas cambió el tono con inconsciente versatilidad.
-Piense en mi filosofía, Mr... Mr... Verloc- dijo como si estuviera en medio de un regateo condescendiente y mientras agitaba la mano echándolo hacia la puerta-. Ataque el primer meridiano. Usted no co­noce a la clase media tan bien como yo. La clase media tiene la sensi­bilidad dormida. El primer meridiano. Nada mejor ni más fácil, me parece.
Se había levantado y, con sus finos labios sensitivos crispados en un gesto de buen humor, observaba en el espejo que estaba arriba de la chimenea a Mr.


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