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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.27

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¿Qué le parece meterse con la astronomía?
Todavía por un momento la inmovilidad de Mr. Verloc junto al sillón hizo pensar en un colapso comatoso, una especie de insensibili­dad pasiva, interrumpida por ligeros respingos convulsivos, como a veces se ve en el perro de la casa, cuando sueña pesadillas junto al fuego del hogar. Y fue con un gruñido ansioso, como de perro, que repitió la palabra:
-Astronomía.
Mr. Verloc no se había recuperado aun a fondo del azoramiento en que lo sumergiera el esfuerzo de seguir la disertación rápida e inci­siva de Mr. Vladimir, que había superado su poder de asimilación, y lo había puesto furioso. La ira se le mezclaba con cierta incredulidad. Y de pronto se le ocurrió que todo era una broma bien elaborada. Mr. Vladimir exhibía sus blancos dientes en una sonrisa, llena de hoyuelos la cara rotunda que se apoyaba, inclinada con complacencia, en el moño encrespado de su corbata. El favorito de las mujeres inteligentes de sociedad había adoptado su actitud de salón, ésa con la que acom­pañaba la entrega de sus delicadas agudezas. Sentado en la punta del sillón, con la mano blanca levantada, parecía sostener con delicadeza, entre el pulgar y el índice, la argucia de sus sugerencias.
-No hay nada mejor. Semejante atentado combina la máxima po­sibilidad de respeto hacia los hombres con el más alarmante despliegue de feroz imbecilidad. Desafío a la candidez de los periodistas a persua­dir a su público de que algún miembro del proletariado pueda tener un motivo personal de queja contra la astronomía. El hombre mismo sólo llegaría a semejante extremo con dificultad, ¿no? Y hay otras ventajas. Todo el mundo civilizado sabe de la existencia de Greenwich; los propios lustrabotas de la estación subterránea de Charing Cross saben algo acerca del observatorio, ¿se da cuenta?
Los rasgos de Mr. Vladimir, bien conocidos en la mejor sociedad por su humorismo urbano, destellaban de autosatisfacción tan cínica, que hubiera asombrado a las inteligentes mujeres siempre dispuestas a entretenerse con sus exquisitas agudezas.
-Sí- continuó sonriendo desdeñoso, la voladura del primer meri­diano puede levantar bramidos de execración.
-Un asunto difícil- musitó Mr. Verloc, sintiendo que ésa era la única cosa segura para decir.
-¿Qué le pasa? ¿No tiene a toda la banda a su disposición? ¿Le falta la flor y nata del oficio? Ese viejo terrorista Yundt está por aquí. Lo veo casi todos los días caminando por Piccadilly con su cogotera verde, ¿Y Michaelis, el apóstol de la libertad condicional? No me vaya a decir que no sabe dónde está, porque si no lo sabe yo se lo puedo decir- prosiguió Mr. Vladimir amenazante-. Si usted piensa que es el único que conoce la lista secreta, está equivocado.


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