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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.26

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La respuesta es: dirigiendo las bombas contra algo que esté fuera de las pasiones habituales de la humanidad. Por supuesto, está el arte. Una bomba en la National Gallery podría hacer algún ruido; pero no sería algo suficientemente serio. El arte nunca será ídolo de ellos. Sería como romper alguna ventana trasera en la casa de un hombre, cuando, si se lo quiere sublevar, habría que le­vantarle el techo, por lo menos. Algunos gritos habría, claro está, pero ¿quiénes gritarían? Artistas, críticos de arte y otros parecidos: gente que cuente poco; a nadie le importa lo que ellos digan. Pero está la investigación, la ciencia. Cualquier idiota que tenga una renta cree en eso. Y no sabe por qué, pero cree que esa tarea tiene importancia. Ahí está el ídolo sacrosanto. Todos los malditos profesores son revolucio­narios de corazón; hágales saber que su gran espantapájaros también va a tener que abrir paso al Futuro del Proletariado. Todos esos idiotas intelectuales han dado alaridos de apoyo a la tarea de la conferencia de Milán; mandarán declaraciones a los diarios. Su indignación estará más allá de toda sospecha, ya que no habrá intereses materiales en abierto peligro y eso alarmará al propio egoísmo de la clase que debe ser im­presionada: ellos creen que de algún modo misterioso la ciencia está en la raíz misma de su prosperidad material. Lo creen; y la ferocidad absurda de semejante hecho los sobrecogerá con más hondura que la destrucción de toda una calle o un teatro lleno de gente de su misma clase. Ante esto último sólo dirían: «¡oh! es simple odio de clase.» Pero ¿qué podría uno decir frente a un hecho de ferocidad destructora tan absurdo que llegue a lo incomprensible, inexplicable, casi impen­sable, en resumen, a la locura? La locura sola es de verdad aterradora, en la medida en que no se la puede aplacar ni con amenazas, persua­sión o sobornos. Además, yo soy un hombre civilizado. Nunca llegaría siquiera a soñar con darle directivas para organizar una burda carnice­ría, aunque esperara de ella los mejores resultados. Pero no espero los resultados que quiero de una masacre. El asesinato siempre está entre nosotros; ya casi es una institución. La cosa ha de ser contra la investi­gación y la ciencia. Pero no contra cualquier ciencia. El ataque deberá tener el sinsentido de una blasfemia gratuita. Ya que las bombas son el medio de expresión, se podría aplicar todo esto tirando una en la pura matemática. Pero es imposible. He tratado de esclarecer su mente; le he expuesto la más alta filosofía de su labor y le sugerí algunos argumen­tos útiles. La aplicación práctica de mis enseñanzas es de su competen­cia. Pero desde el momento en que me ocupé de entrevistarlo, también he prestado cierta atención al aspecto práctico del asunto.


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