El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.25
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Ya que se lo ha llamado para que presente hechos, y no cuentos y patrañas, haría muy bien en tratar de sacar provecho de lo que me estoy tomando el trabajo de explicarle. El ídolo sacrosanto de hoy es la ciencia. ¿Por qué no agarra a alguno de sus amigos para atacar a ese espantapájaros de madera, eh? ¿Ése no es el objetivo de esas instituciones que tienen que arrollarlo todo antes que el F. P. se vengue?
Mr. Verloc no dijo nada. No se animaba a abrir la boca por miedo a que se le escapara un gruñido.
-Eso es lo que habría que intentar. Un atentado contra una cabeza coronada o un presidente es bastante sensacional, en cierto sentido, pero no tanto como lo era en otros tiempos. Ya ha entrado en la concepción general de la vida de todos los jefes de Estado; es casi convencional, especialmente desde que tantos residentes han sido asesinados. Ahora consideremos un atentado a... una iglesia, digamos. A primera vista muy horrendo, sin duda, y no obstante no es tan efectivo como una persona de nivel medio podría suponer. No interesa cuán revolucionario y anarquista sea en principio, tiene que haber la suficiente cantidad de tontos como para dar a ese atentado el carácter de una manifestación religiosa. Y eso nos alejaría de la especial significación alarmante que queremos darle al hecho. Un atentado con muchos muertos en un restaurante o en un teatro plantearía el problema de su irrelevancia en el campo de las pasiones políticas; se lo vería como la exasperación de un hambriento, como un acto de resentimiento social. Todo eso ya está agotado; sólo sirve como lección objetiva de anarquismo revolucionario. Todos los diarios tienen frases hechas, listas para explicar ese tipo de manifestaciones. Estoy por definirle mi punto de vista filosófico acerca del significado de tirar bombas; el punto de vista desde el que usted pretende haber operado durante los últimos once años. Voy a tratar de no hablar por encima de su capacidad de comprensión. La sensibilidad de la clase que usted ataca se embota con rapidez. La propiedad les parece una cosa indestructible; no se puede contar por mucho tiempo con sus sensaciones de piedad o temor. Hoy, una bomba, para tener influencia en la opinión pública, tiene que ir más allá de la intención de venganza o terrorismo. Tiene que ser pura-mente destructiva. Debe ser destrucción y sólo eso, por encima de la más leve sospecha de cualquier otra finalidad. Ustedes, los anarquistas, tendrían que tener bien en claro que están por completo determinados a ejecutar la destrucción absoluta de la creación social entera. ¿Pero cómo introducir esta noción aterradora y absurda en la cabeza de los integrantes de la clase media, de modo que no pueda haber error al respecto? Esa es la cuestión.
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