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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.24

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Vladimir, desde lo alto, desarrolló su idea, menospreciati­vo y condescendiente, desplegando a la vez un buen acopio de igno­rancia en cuanto a los verdaderos objetivos, pensamientos, y métodos del mundo revolucionario, lo cual llenó al silencioso Mr. Verloc de íntima consternación. Confundía causas con efectos, más allá de lo perdonable; a los más distinguidos propagandistas, con impulsivos tirabombas; asumía la existencia de una organización que, por la natu­raleza de las cosas, no podía existir; en determinado momento habló del partido de la revolución social como de un ejército disciplinado a la perfección, en el que la palabra de los jefes era ley suprema y luego se refirió a él como si se tratara de la banda de asaltantes más indiscipli­nada que alguna vez hubiese operado en un desfiladero de montaña. Una vez que Mr. Verloc abrió la boca para protestar, una mano grande, blanca, bien formada se levantó de inmediato a contenerlo. Muy pronto se sintió tan desanimado que ya no pudo ni siquiera intentar una pro-testa. Escuchaba en una quietud de pavor, que parecía la inmovilidad de una profunda atención.
-Atentados en serie- continuaba Mr. Vladimir con calma- ejecu­tados aquí, en este país, no sólo planeados aquí cosa que no se haría, no tendrían importancia. Sus compañeros podrían incendiar medio continente sin influenciar a la opinión pública local en favor de una legislación represiva universal. Aquí nadie mira más allá del patio trasero de su correspondiente casa.
Mr. Verloc se aclaró la garganta, pero le falló el corazón y no dijo nada.
-Esos atentados no tienen que ser especialmente sangrientos­continuó Mr. Vladimir, como si explicara un texto científico pero han de ser sobrecogedores... efectivos. Habría que organizarlos contra los edificios, por ejemplo. ¿Cuál es el ídolo que en este momento toda la burguesía adora, eh, Mr. Verloc?
Mr. Verloc abrió las manos y encogió ligeramente los hombros.
-Usted es demasiado haragán para pensar- fue el comentario de Mr. Vladimir acerca del gesto-. Preste atención a lo que le digo. El ídolo del momento no es la realeza ni la religión. Por lo tanto hay que dejar tranquilos al palacio y las iglesias. ¿Comprende lo que quiero decirle, Mr. Verloc?
El desaliento y el desprecio de Mr. Verloc encontraron desahogo en un esfuerzo por parecer frívolo.
-Perfectamente. ¿Pero qué pasa con las embajadas? Una serie de ataques contra distintas embajadas comenzó, pero no pudo soportar la fría, admonitoria mirada fija del Primer Secretario.
-Todavía puede ser gracioso, por lo que veo- observó éste con ne­gligencia-. Está bien; así podría animar su oratoria en los congresos socialistas. Pero en esta habitación no hay lugar para eso. Mucho más seguro para usted sería seguir con sumo cuidado lo que le estoy dicien­do.


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